Se hizo tarde – Tabuccheando en el horizonte RIP Antonio

por pessoaficionado

“El candil se está apagando
la alcuza no tiene aceite…
No te digo que te vayas ni te digo que te quedes.”
Cuarteta gitana de Andalucía

Se está haciendo cada vez más tarde
Estimados Señores:A pesar de que ésta sea una circular, nuestra Agencia quisiera, en lamedida de lo posible, personalizarla, no tanto en su deseo de una próximarelación con las personas de ustedes, que como comprenderán no resultaposible, cuanto en el respeto de esa forma de cordialidad y espíritu cívico quetan pertinente resulta en las relaciones que hasta ahora hemos mantenido entrenosotros.Como todos ustedes saben, nuestra Agencia se enorgullece de unaexperiencia notablemente dilatada, en el curso de cuya actividad ha asistido alas más variadas vicisitudes, la mayor parte de las cuales a todos son ignotas, yalgunas conocidas incluso a ustedes en virtud del eco, no raramente exagerado,que artistas de todos los tiempos han sabido dar de ellas.Preocupaciones y molestias forman parte en todo caso de nuestraprofesión; hasta diría que en ocasiones pueden constituir para nosotros motivode distracción frente a la monotonía y la rutina que por lo general aguarda anuestra Agencia. Supongo que todos ustedes han tenido ya experiencia conotras Agencias, incluso más sencillas que la nuestra, por ejemplo las quealquilan un vehículo de locomoción. Éstas prevén, por contrato, incidentescubiertos por un seguro. Con todo, existen imprevistos que ningunaaseguradora en el mundo es capaz de cubrir por la sencilla razón de que loimprevisto, de por sí, pertenece a lo imprevisible. Les pongo un ejemplo de lomás trivial: una rueda que se pincha. El contrato prevé una asistencia adecuaday eficaz según las cláusulas del contrato. Pero no siempre el pinchazo de unarueda tiene lugar en circunstancias en las que puede intervenirseadecuadamente y con eficacia. Prueben los señores a imaginarse a un Clientecualquiera que conduce su vehículo por un acantilado a pico sobre el mar. Lacarretera está llena de curvas, y la oscuridad acecha. El desafortunado Cliente seha dado cuenta de que tiene una rueda pinchada precisamente en un maldito recodo, donde, si llegara un enorme jeep conducido por uno de esos jovenzuelos impacientes (lo que es posible que ocurra y es eso lo que él piensa),lo arrollaría en menos que canta un gallo. El Cliente, cuya angustia ha subidoalgunos grados, busca en el maletero posterior el redentor triángulo reflectorque podría evitarle el choque fatal. Pero no lo encuentra. ¿Por qué? Porquealgún técnico (así se llaman siempre en las agencias), al limpiar el vehículo paraentregárselo al cliente sucesivo, se ha olvidado de colocar en su sitio el triánguloreflector. El Cliente, ya muy angustiado, a la escasa luz de la tarde que vacayendo, consigue leer no sin dificultad las instrucciones que debe seguir «encaso de necesidad» impresas en el folleto de la agencia que le ha alquilado elvehículo. Por suerte (eso cree él, el pobre) existe un número gratuito para lasurgencias y, también por suerte, él dispone de un teléfono móvil, adquirido porconsejo de su consorte en previsión de un viaje al extranjero. Él marca elnúmero, pero éste, mecachis, siempre está comunicando. Hasta que… Ah, esoes, por fin, está libre…, pero por desgracia ahora no contesta nadie. Quizá a losSeñores esta historia les parezca una tontería, pero puedo asegurarles que parael desgraciado Cliente de quien hablaba éste es un momento dramático de suvida. Siempre se acordará de esos terribles momentos en los que la noche estabacayendo sobre un acantilado desconocido y su automóvil, con una ruedapinchada en un recodo, corría el riesgo de ser arrollado por un jeep conducidopor jovenzuelos desconsiderados o, peor aún, pulverizado por un camión conun conductor al volante adormilado o tal vez borracho.No quisiera que los Señores pensaran que con este ejemplo apenas citadodeseo colocar al mismo nivel la angustia comprensible del Cliente antesmencionado con las congojas de las que los Señores han hecho partícipe a estaAgencia durante la larga relación que nos ha mantenido en contacto. Lascomparaciones entre cliente y cliente son siempre evitadas con esmero por estaAgencia, la rescisión de cuyos contratos estoy yo encargada de realizar.Contratos cuya validez eventualmente los Señores podrían contestar con laobjeción de no haberlos suscrito con firma autógrafa. Por desgracia, el hecho esque con su sola presencia en este mundo los Señores han firmado un contratoque consiste en nacer. Y en vivir. Y naturalmente, también en morir. Pero, comoiba diciendo, no es cuestión de hacer comparaciones. Entre otras cosas, porquecada uno a su manera, en su vida, ha procurado librarse de sus propiosalambres, sean éstos en mayor o menor medida de espinos. ¿Y cuántos viajeshabremos hecho en compañía de alguien para darnos cuenta al final de queestábamos solos? Eso sin hablar de los laberintos mentales en los que creemosrevivir como nuestro un tiempo que fue nuestro pero que ya no es nuestro. Yquerer enseñar a Safo la métrica de Anacreonte es una estupidez, puedencreerme. Se pueden comprender las bacanales cuando el sacerdote entra enéxtasis y la música de los címbalos y de los tamborcillos rompe toda métrica, se vuelve obsesiva y penetra en la vejiga de la hiel, desde la que se difunde lanegra melancolía y la visión nocturna del universo: pero encomendarse amelodramas que prevén músicas dignas de un triclinio embebido en perfumesbaratos le parece a esta Agencia algo excesivo e inconveniente, sin duda. Hacetiempo, además, que sabemos cómo la sangre alimenta los átomos de loshombres, y cómo puede sustraerles su nutrición: lo sentimos. Y tambiénnosotros hemos dado largos paseos, se lo podemos asegurar: son vueltas quepueden durar incluso toda una vida, pero ¿qué añade el algoritmo de una vidaa los algoritmos infinitos de una Agencia como la nuestra? Y, aún más, lamisma cosa vista desde dos puntos de vista opuestos: ¿no les parece a losSeñores algo aburrida? Vamos, que el universo está compuesto de puntosinfinitos y dos miserables puntos de vista son realmente pocos. Y si es verdadque el silencio es oro, ¿por qué escribir lo que nunca se había escrito y hacer elviaje que nunca se había hecho? ¿No les parece a los Señores una forma depávida rendición?Ustedes Señores son personas dolientes, o en todo caso personas a quienesla vida les ha dolido mucho. Ello es plausible, y en casos como los suyos, poruna decisión que no depende de nuestra Agencia sino de una ignota fecha quepertenece a una instancia superior a la Nuestra llamada Caducidad,reservamos, de manera absolutamente excepcional, una carta nuestra, que nossirve casi de folleto de presentación, de una mujer que nos fue muy querida yque en determinados casos especiales enviamos a los clientes de sexo masculinocomo los Señores, no sólo para atenuar sus penas, sino también pararecordarles, aunque no sea más que en forma de otra circular, que losdestinatarios, de los que los Señores parecen no haberse preocupado hastaahora, tienen derecho a ser a su vez remitentes. Esta carta no está firmada, peroa los Señores no les costará demasiado esfuerzo comprender quién la escribió.Aunque no tiene título, mis Hermanas y yo la hemos titulado
Carta al viento.
Nuestra Agencia les quedaría agradecida si quisieran prestarle la debidaatención.

Carta al viento
«He desembarcado en esta isla al final de la tarde. Desde el ferry veía cómo eldiminuto puerto se iba acercando, con la pequeña ciudad blanca acuclillada en torno alcastillo veneciano y pensaba: tal vez esté aquí. Y mientras recorría las callejuelasescalonadas que llevan hasta la torre, con mi equipaje que cada día se hace más ligero, encada escalón repetía: tal vez esté aquí. En la placita bajo el castillo, una terraza desde laque se domina el puerto, hay un restaurante popular, con viejas mesitas de hierro
dispuestas a lo largo de un pequeño muro, dos parterres con dos olivos y geranios muycoloridos en macetas rectangulares. Unos cuantos viejos están sentados en el poyete yhablan en voz baja, los niños corren alrededor del busto marmóreo de un capitánbigotudo que fue un héroe de las guerras balcánicas de los años veinte. Me he sentado enuna mesita, he dejado mi equipaje en el suelo y he pedido el plato típico de la isla, conejocon cebollas aromatizado con canela. Se dejan ver los primeros turistas: junio está en puertas. Estaba cayendo la noche, una noche transparente que ha transformado el añildel cielo en un violeta encendido, y después la oscuridad, donde ha quedado el añil.Sobre el mar brillaban las luces de las aldeas de Paros, que parecía estar a dos pasos. Ayer, en Paros, conocí a un médico. Es un hombre del sur, de Creta, me parece, aunqueno se lo pregunté. Es un hombre bajo y robusto, con unas venitas en la nariz. Yo mirabael horizonte y él me preguntó si estaba mirando el horizonte. Estoy mirando elhorizonte, le contesté. La única línea que quiebra el horizonte es el arco iris, dijo él, elengaño de un reflejo óptico, una pura ilusión. Y estuvimos hablando de ilusiones, y sinquerer le hablé de ti, mencioné tu nombre sin mencionarlo, y él me dijo que te habíaconocido porque te había suturado las venas un día que te cortaste las muñecas. No losabía, y eso me conmovió, y pensé que en él hallaría un poco de ti, porque había conocidotu sangre. Así que lo acompañé a su pensión, se llamaba Thalassa y estaba efectivamenteen el paseo marítimo, y era escuálida, ocupada por alemanes de clase modesta que vienena pasar sus vacaciones a Grecia y detestan a los griegos. Pero él no era como losalemanes, era muy amable, se desnudó con pudor, y tenía un miembro pequeño, algoretorcido, como ciertas estatuas de sátiros de las terracotas del museo de Atenas. Y nodeseaba tanto a una mujer cuanto sobre todo palabras de consuelo, porque era infeliz, yyo fingí dárselas, por humana piedad.
Te he buscado, amor mío, en cada átomo que de ti está disperso en el universo. Herecogido cuantos de ellos me ha sido posible, en la tierra, en el aire, en el mar, en lasmiradas y en los gestos de los hombres. Te he buscado incluso en los kuri,en la lejanamontaña de una de estas islas, sólo porque una vez me dijiste que te habías sentado en elregazo de un kuros. La ascensión no fue fácil. El autobús me dejó en Sypouros, si es así como se llama una aldea desconocida incluso para los mapas geográficos, y despuésquedaban tres kilómetros que recorrer a pie, subí lentamente la carretera de tierra encurva que más adelante baja hacia un valle de olivos y cipreses. Había un viejo pastor por la carretera, y sólo le dije la única palabra que importaba:kuros.
Y en sus ojos brillóuna luz de complicidad como si hubiera entendido, como si supiera quién era yo y aquién buscaba, que te buscaba a ti, y sin decir ni una palabra extendió una manoindicándome el camino, y yo recogí el gesto que me guiaba y aquella luz que brilló uninstante en sus ojos y me los guardé en el bolsillo, mira, aquí los tengo, podríadisponerlos sobre la mesita de esta terraza donde estoy cenando, son otras dos piedrecitas de esta pintura al fresco reducida a migajas que estoy recogiendodesesperadamente para reconstruirte, más allá del olor del hombre con el que he pasadola noche, el arco iris sobre el horizonte y este mar celeste que me angustia. Pero sobre todo una ventana enrejada que encontré en Santorini, por la que se encaramaba una parra, y desde la que se veía el vasto mar y una placita. El mar eran infinitos kilómetros,y la placita unos cuantos metros cuadrados, y entretanto me acordaba de poesías quehablan de mares y de plazas, un mar de tejas refulgentes que una vez vi contigo en uncementerio y una placita donde las personas que la habitaban habían visto tu rostro, yasí mentalmente yo te buscaba en el refulgir de aquel mar porque tú lo habías visto y enlos ojos del mercero, del farmacéutico, del viejecillo que vendía café helado en aquella placita porque te habían visto. Esas cosas también me las guardé en el bolsillo, en estebolsillo que soy yo misma y mis ojos.Un pope ha salido al atrio. Sudaba con su ropa negra y recitaba una letaníabizantina en la que el kyrie tenía un sabor a ti. Hay un barco en el horizonte que deja enel azul una estela de espuma blanca. ¿Serás tú también? Tal vez. Podría metérmela en elbolsillo. Pero mientras tanto una prematura turista extranjera, prematura para latemporada, porque su edad es casi venerable, telefonea desde el aparato abierto al vientoy a los paseantes, delante del mar, y dice: Here the spring is wonderful. I will remainvery well. Y ésa es una frase tuya, la reconozco incluso dicha en otro idioma, pero eneste caso es sólo la traducción aproximada en inglés de lo que tú ya has dicho, lo sabemosbien. La primavera ha pasado para nosotros, mi querido amigo, mi querido amor. Y yaha llegado el otoño, con el amarillo actual de sus hojas. Mejor dicho, hay un plenoinvierno en este precoz verano refrescado por la brisa que esta noche sopla sobre laterraza asomada al puerto de Naxos.Ventanas: eso es lo que nos hace falta, me dijo una vez un viejo sabio en un paíslejano, la vastedad de lo real es incomprensible, para comprenderlo es necesarioencerrarlo en un rectángulo, la geometría se opone al caos, por eso los hombres haninventado las ventanas, que son geométricas y toda geometría presupone los ángulosrectos. ¿Será que nuestra vida está subordinada también a los ángulos rectos? Ya sabes,esos difíciles itinerarios, hechos de segmentos, que todos nosotros debemos recorrer parallegar hasta nuestro fin. Tal vez, pero si una mujer como yo piensa en ello desde unaterraza abierta sobre el Mar Egeo, en una noche como ésta, comprende que todo lo que pensamos, lo que vivimos, lo que hemos vivido, lo que imaginamos, lo que deseamos no puede estar gobernado por las geometrías. Y que las ventanas son sólo una pávida formade geometría de los hombres que temen la mirada circular, donde todo entra sin sentidoy sin remedio, como cuando Tales miraba las estrellas, que no entran en el recuadro dela ventana.Todo lo he recogido de ti: migajas, fragmentos, polvo, huellas, suposiciones,acentos que han quedado en voces ajenas, algunos granos de arena, una concha, tu pasado imaginado por mí, nuestro supuesto futuro, lo que hubiera querido de ti, lo queme habías prometido, mis sueños infantiles, el enamoramiento que de niña sentí por mi padre, algunas absurdas rimas de mi juventud, una amapola al borde de una carretera polvorienta. Incluso eso me lo he metido en el bolsillo, ¿lo sabes?, la corola de unaamapola como esas amapolas que iba a coger en las colinas en mayo con mi Volkswagen mientras tú te quedabas en casa grávido de tus proyectos, atendiendo a las complicadasrecetas que tu madre te había dejado en un librito negro escrito en francés, y yo te cogíaamapolas que tú no sabías comprender. No sé si tú has depositado tu semen en mí oviceversa. Pero no, ningún semen de los nuestros ha florecido jamás. Cada uno es sólo élmismo, sin la transmisión de la carne futura, y yo sobre todo sin nadie que recoja miangustia. Todas estas islas he recorrido, todas buscándote. Y ésta es la última, como yosoy última. Después de mí, basta. ¿Quién podría seguir buscándote, sino yo?Nadie puede traicionar así, cortando el hilo. Sin saber siquiera dónde descansa tucuerpo. Te entregaste a tu Minos, de quien creías haberte burlado pero que al final teengulló. Y de este modo he descifrado epígrafes en todos los cementerios posibles, enbusca de tu nombre amado, donde poder por lo menos llorarte. Dos veces me hastraicionado, y la segunda escondiéndome tu cuerpo. Y ahora estoy aquí, sentada anteuna mesita de esta terraza, mirando inútilmente el mar y comiendo conejo con sabor acanela. Un viejo griego indolente canta una canción antigua a cambio de una limosna.Hay gatos, niños, dos ingleses de mi edad que hablan de Virginia Woolf y un faro en lalejanía del que no se han percatado. Yo te saqué del laberinto, y tú me hiciste entrar sinque para mí haya salida que valga, ni aunque sea la postrera. Porque mi vida ha pasado,y todo se me escapa sin posibilidad de nexo alguno que me devuelva a mí misma o alcosmos. Estoy aquí, la brisa acaricia mis cabellos y yo voy a tientas en la noche, porquehe perdido mi hilo, ese que te di a ti, Teseo.
Mucho me temo que el tiempo a nuestra disposición se está acabando.Cloto y Láquesis han terminado su tarea, y ahora me toca a mí. Los Señoressabrán disculparme, pero en este instante, que estoy midiendo con unaclepsidra distinta de la de ustedes, ha aparecido para todos ustedes el mismoaño, el mismo mes, el mismo día, la misma hora de cortar el hilo. Y es lo que, noa disgusto, créanme, estoy encargada de hacer. En este momento. Ahora. De inmediato.

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