Señor dueño de club nocturno busca a Señora hidroeléctrica

por pessoaficionado

¿Adónde va un empresario del sexo
en la saqueada selva del Brasil?

Una crónica de Felipe Milanez Brasil. Periodista y cientista político. Escribe sobre la Amazonía y la problemática indígena para las revistas National Geographic, GQ, Rolling Stone y Carta Capital. Vive en Sao Paulo.

Alguna vez la policía lo arrestó acusándolo de administrar prostitución infantil, me cuenta Adão Rodrigues, pero dice que pudo probar su inocencia. Luce como un gaucho cuarentón en medio de la selva del Brasil: su familia es de Rio Grande do Sul, muy cerca de la frontera con Argentina, y él usa botas, sombrero y bigote de gaucho. Hoy, una tarde de abril de 2011, se está mudando con su esposa y sus hijos desde Porto Velho, en el estado norteño de Rondonia, hasta la hidroeléctrica de Belo Monte, en el río Xingú, estado brasileño de Pará. El sol de la jungla de las dos de la tarde golpea al camión cargado y a la camioneta donde viaja. Antes ha trabajado en al menos otras doce centrales hidroeléctricas. El gaucho se presenta ante mí como un barrageiro, un constructor de represas, obras gigantescas en rincones apartados adonde los obreros deben trasladarse por un tiempo y luego marcharse. Pero Adão Rodrigues no es soldador ni cargador ni ingeniero: es el dueño de discotecas ambulantes. Un empresario vagabundo que provee de diversión nocturna a los hombres rudos que trabajan en las hidroeléctricas, algo parecido a Pantaleón Pantoja, el personaje de la novela de Vargas Llosa cuyo trabajo era proveer de prostitutas a los soldados del ejército en la Amazonía del Perú. Sólo que él no recibe órdenes y para él es un gran negocio, como para todos los emprendedores del sur que viajan al norte buscando riqueza. Su próximo destino itinerante, al este, es la represa de Belo Monte, entre las ciudades de Altamira y Vitória do Xingu, adonde Adão Rodrigues llegará a inaugurar una discoteca con mujeres que bailen, beban y vendan sexo a los trabajadores de la construcción. Cree que será más sofisticada que su disco La Copa Sucia, el prostíbulo decadente que abandona ahora a unos kilómetros selva adentro de donde me encuentro con él cuando está a punto de partir. Esta vez no será una mudanza de rutina: es un viaje a la tercera hidroeléctrica más grande del mundo, después de la de Tres gargantas en China y la de Itaipú entre Brasil y Paraguay, una inversión mastodóntica donde este empresario ambulante de clubes nocturnos desea quedarse más tiempo.

Adão Rodrigues dice tener un don para los negocios, pero también cierta ética. Dice que no bebe y que no soporta un cigarrillo cerca de él. Dice que lo que en verdad le gusta es vender. Dice que tiene el don de saber tratar a sus clientes, los funcionarios y obreros de las hidroeléctricas, y a las mujeres que vienen a trabajar en su discoteca. «No se puede llevar a cualquier mujer a trabajar a un club nocturno. Después resulta que tiene diecisiete, y vas a parar a la cárcel». Dice que les exige documentos, que se asegura de que no tengan vicios porque eso puede estropear su establecimiento. Dice que cuando su hijo empezó a usar drogas lo echó de la casa y que gracias a Dios hoy es un soldador, igual que una vez lo fue él. Insiste en que él no tiene vicios, pero admite que le gustan las mujeres: «Sólo eso es cierto», me dice mientras come una costilla de res. También reconoce que tiene enemigos —«hasta Jesucristo los tenía», me recuerda—, pero que con todo es feliz y que ha ayudado a otra gente a volver a sus ciudades y que les ha dado de comer cuando no tenían cómo. Dice que cuando lo arrestaron a él y a su esposa, sospechando que prostituían a niñas, llegaron cien policías a su discoteca. Y que tuvo que contratar al abogado más ruin de Porto Velho para que lo defendiera del lío. Dice que la denuncia la puso uno de sus enemigos, alguien que ya lo había amenazado una vez y que le había prometido que lo iba a perjudicar. Las empresas hidroeléctricas también dicen que su negocio es sostenible. Lo que no dicen es que así sea la vida de quienes la construyen. Menos de las comunidades indígenas que viven alrededor.

El empresario ambulante de clubes nocturnos había viajado a Porto Velho tras leer en el periódico la noticia de una nueva central hidroeléctrica. Así se enteró de su futuro. Estaba trabajando en otra represa y tenía la ambición de ganar un millón de reales, algo más de medio millón de dólares, así que con eso en mente vino a la presa de Jirau. Aquí, en el norte brasileño, aislado en el medio de la nada, lograba ganar veinticinco mil dólares «limpios» en un mes. Hoy, antes de dirigirse a la hidroeléctrica de Belo Monte, Adão Rodrigues, el barrageiro que dice llevar un cuarto de millon de dólares en la bolsa, me cuenta su pasado. La historia de su familia. Adão Rodrigues es casado y tiene un hijo y una hija con la misma mujer, Fatima Triques. En 1999, cuando la conoció, ella trabajaba para una compañía de comida en el estado sureño de Santa Catarina. «Esta es buena hora para cambiar», recuerda que dijo, y se ríe: «Era muy bonita y una buena empleada». Se enamoró. Adão Rodrigues es un hombre de propósitos. Suele conseguir lo que se propone. «Como no querían aceptar su renuncia para que viniera conmigo a la Amazonia, tuve que ir hasta allá», me dice romántico y heroico. Según él, les puso dinero sobre la mesa a los jefes de ella para que la dejaran ir. «Todo lo que pasamos daría para un gran libro», me dice su esposa durante la mudanza. Lo que merecería no un libro sino un festival de cine, entre épico y policial, es la historia cultural y económica detrás de la inauguración de cada represa.

Igual que Adão Rodrigues, en Brasil hay miles buscando noticias de la próxima central hidroeléctrica en el país. Jacy Paraná era una ciudad del noroeste de cuatro mil habitantes antes de que empezara la construcción de la represa de Jirau, donde conocí al barrageiro de las discotecas. Hoy viven allí veinte mil personas, gente como el gaucho de la selva que llegó para ganar dinero. La obra concede miles de trabajos temporales, pero deja depredados los pueblos de alrededor. Construir la futura central hidroeléctrica de Belo Monte secará partes del río Xingú, anegará enormes porciones de tierra, extinguirá especies de peces que alimentan a las comunidades indígenas de los alrededores y destruirá la selva virgen. Una central hidroeléctrica desvía el curso natural de un río y hace pasar el agua por una turbina para producir electricidad. Para eso se necesitan las presas, que contienen el río antes de hacerlo caer para generar energía. Ninguna central hidroeléctrica funciona si el agua no se mueve. La naturaleza de cualquier represa es la de alterar la naturaleza. La del agua y la de miles de personas. Cuando ves a Adão Rodrigues mudarse, también ves su club nocturno destruido. En su época de auge, tenía piscina, área de ocio, cuatro mesas de billar, dieciséis apartamentos, una churrasquería y un salón de baile. El barrageiro dice que una vez contó a seiscientos hombres allí adentro. La llamaban Usina do Amor. Para él, sus empresas son oasis necesarios en medio de la zona de trabajo. «Hay mucha gente soltera que viene para acá, y qué van a hacer —se pregunta en voz alta—. Van a buscar un área de relajo con mujeres». Dice que su negocio es divertir a los peones que quieren descansar. Fatima Triques, la esposa, habla con cariño de su trabajo y de las ganas que tiene de ayudar a los peones. Dice que le gusta volver a su pueblo sureño de Santa Catarina para invitar a otras mujeres a trabajar. «No todo el mundo viene aquí en busca de mujeres —me advierte Adão Rodrigues en medio de un calor de casi cuarenta grados centígrados—. Algunos sólo vienen a disfrutar una cervecita y escuchar música en un ambiente amigable». Cuando le pregunto qué pasará con sus clientes de Copa Sucia ahora que se marcha, me dice que van a sentirse abandonados.

Publicado en la Revista Etiqueta Negra http://etiquetanegra.com.pe