pessoandoporelmundo

"Cada uno es tan infeliz como cree" G.Leopardi – "Un pesimista es un optimista bien informado" Miguel de Cervantes

Entre Venezuela y Nadalandia – Eduardo Galeano

“extraño dictador este Hugo Chavez. Masoquista y suicida: creo una constitución que permite que el pueblo lo eche, y se arriesgo a que eso ocurriera en un referéndum revocatorio que Venezuela ha realizado por primera vez en la historia universal.

No hubo castigo. Y esta resulto ser la octava elección que Chavez ha ganado en cinco anos, con una transparencia que ya hubiera querido Bush para un día de fiesta.

Obediente a su propia constitución, Chavez acepto el referéndum, promovido por la oposición, y puso su cargo a disposición de la gente: “Decidan ustedes”.

Hasta ahora, los presidentes interrumpan su gestión solamente por defunción, cuartelazo, pueblada o decisión parlamentaria. El referéndum ha inaugurado una forma inedita de democracia directa. Un acontecimiento extraordinario:

Cuantos presidentes, de cualquier país del mundo, se animarían a hacerlo?

Y cuantos seguirían siendo presidentes después de hacerlo?

Este tirano inventado por los grandes medios de comunicación, este temible demonio, acaba de dar una tremenda inyección de vitaminas a la democracia, que en América Latina, y no solo en América Latina, anda enclenque y precisada de energía.

Un mes antes, Carlos Andres Perez, angelito de Dios, demócrata adorado por los grandes medios de comunicación, anuncio un golpe de Estado a los cuatro vientos. Lisa y llanamente afirmo que “la vía violenta” era la única posible en Venezuela, y desprecio el referéndum “porque no forma parte de la idiosincrasia latinoamericana”. La idiosincrasia latinoamericana, o sea, nuestra preciosa herencia: el pueblo sordomudo.

Hasta hace pocos anos, los venezolanos se iban a la playa cuando había elecciones. El voto no era, ni es, obligatorio. Pero el país ha pasado de la apatía total al total entusiasmo. El torrente de electores, colas enormes esperando al sol, a pie firme, durante horas y horas, desbordo todas las estructuras previstas para la votación. El aluvión democrático hizo también dificultosa la aplicación de la prevista tecnología ultimo modelo para evitar los fraudes, en este país donde los muertos tienen la mala costumbre de votar y donde algunos vivos votan varias veces en cada elección, quizá por culpa del mal de Parkinson.

“?Aqui no hay libertad de expresión!”, claman con absoluta libertad de expresión las pantallas de televisión, las ondas de las radios y las paginas de los diarios.

Chavez no ha cerrado ni una sola de las bocas que cotidianamente escupen insultos y mentiras. Impunemente ocurre la guerra química destinada a envenenar a la opinión publica. El único canal de televisión clausurado en Venezuela, el canal 8, no fue victima de Chavez sino de quienes usurparon su presidencia, por un par de días, en el fugaz golpe de Estado de abril del ano 2002.

Y cuando Chavez volvió de la prisión, y recupero la presidencia en andas de una inmensa multitud, los grandes medios venezolanos no se enteraron de la novedad. La televisión privada estuvo todo el día pasando películas de Tom y Jerry.

Esa televisión ejemplar mereció el premio que el rey de España otorga al mejor periodismo. El rey recompensó una filmación de esos días turbulentos de abril. La filmación era una estafa. Mostraba a los salvajes chavistas disparando contra una inocente manifestación de opositores desarmados. La manifestación no existía, según se ha demostrado con pruebas irrefutables, pero se ve que este detalle no tenia importancia, porque el premio no fue retirado.

Hasta ayercito nomas, en la Venezuela saudí, paraíso petrolero, el censo reconocía oficialmente un millón y medio de analfabetos, y había cinco millones de venezolanos indocumentados y sin derechos cívicos.

Esos y otros muchos invisibles no están dispuestos a regresar a Nadalandia, que es el país donde habitan los nadies. Ellos han conquistado su país, que tan ajeno era: este referéndum ha probado, una vez mas, que allí se quedan.”

Whole lotta love – Led Zeppelin

La mejor banda de todos los tiempos

You need cooling
Baby, I’m not fooling
I’m gonna send, yeah
You back to schooling

Way down inside
Honey, you need it
I’m gonna give you my love
I’m gonna give you my love

Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love

You’ve been learning
Baby, I been learning
All that good times
Baby, baby, I’ve been yearning

Way, way down inside
Honey, you need it
I’m gonna give you my love
I’m gonna give you my love

Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love

You’ve been cooling
Baby, I’ve been drooling
All the good times
Baby, I’ve been misusing

Way, way down inside
I’m gonna give you my love
I’m gonna give you
Every inch of my love, gonna give you my love

Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love
Wanna whole lotta love

Way down inside
Woman you need love
Shake for me girl
I wanna be your backdoor man

Keep it cooling baby
Keep it cooling baby
Keep it cooling baby
Keep it cooling baby

Cenicienta en el país del BDSM o la trilogía del verano

Aquí la trilogía del verano de EL James, que enloquece Estados unidos y parte de Europa : el thriller erótico de las 50 sombras de M.Christian Grey (Bárbazul) y Anastasia Steel (Cenicienta moderna).

Si sobrevivís a eso … estaís preparados para lo peor de la literatura mundial.

V2- 50 sombras más oscuras

http://www.scribd.com/doc/103881455/Cincuenta-sombras-mas-oscuras

Diego el cigala en Buenos Aires

Ernesto Sabato – Creo que hay que resistir

“En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás.

Se me encoge el alma al ver a la humanidad en este vertiginoso tren en que nos desplazamos, ignorantes atemorizados sin conocer la bandera de esta lucha, sin haberla elegido.

El clima de Buenos Aires ha cambiado. En las calles, hombres y mujeres apresurados avanzan sin mirarse pendientes de cumplir con horarios que hacen peligrar su humanidad. Ya sin lugar para aquellas charlas de café que fueron un rasgo distintivo de esta ciudad, cuando la ferocidad y la violencia no la habían convertido en una megalópolis enloquecida. Cuando todavía las madres podían llevar a sus hijos a las plazas, o visitar a sus mayores. ¿Se puede florecer a esta velocidad? Una de las metas de esta carrera parece ser la productividad, pero ¿acaso son estos productos verdaderos frutos?

Estamos en camino pero no caminando, estamos encima de un vehículo sobre el que nos movemos sin parar, como una gran planchada, o como esas ciudades satélites que dicen que habrá. Ya nada anda a paso de hombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente? Pero el vértigo no está sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitir imágenes, como si ella también hiciese zapping; y, quizás, la aceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgencia para que todo pase rápido y no permanezca. Este común destino es la gran oportunidad, pero ¿quién se atreve a saltar afuera? Tampoco sabemos ya rezar porque hemos perdido el silencio y también el grito.

En el vértigo todo es temible y desaparece el diálogo entre las personas. Lo que nos decimos son más cifras que palabras, contiene más información que novedad. La pérdida del diálogo ahoga el compromiso que nace entre las personas y que puede hacer del propio miedo un dinamismo que lo venza y les otorgue una mayor libertad. Pero el grave problema es que en esta civilización enferma no sólo hay explotación y miseria, sino que hay una correlativa miseria espiritual. La gran mayoría no quiere la libertad, la teme. El miedo es un síntoma de nuestro tiempo. Al extremo que, si rascamos un poco la superficie, podremos comprobar el pánico que subyace en la gente que vive tras la exigencia del trabajo en las grandes ciudades. Es tal la exigencia, que se vive automáticamente, sin que un sí o un no haya precedido a los actos.

La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hay empleados que ganan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es el hombre libre que toma las decisiones? ésta es una pregunta radical que todos hemos de hacernos hasta escuchar, en el alma, la responsabilidad a la que somos llamados.

Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántas veces me he preguntado cómo encarnar esta palabra. Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en este tren que nos impulsa a la locura y al infortunio. ¿Se le puede pedir a la gente del vértigo que se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi país que se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellos mantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esa responsabilidad, ¿cómo habrían de abandonar esa vida?

La situación ha cambiado tanto que debemos revalorar, detenidamente, qué entendemos por resistir. No puedo darles una respuesta. Si la tuviera saldría como el Ejército de Salvación, o esos creyentes delirantes -quizá los únicos que verdaderamente creen en el testimonio- a proclamarlo en las esquinas, con la urgencia que nos ha de dar los pocos metros que nos separan de la catástrofe. Pero no, intuyo que es algo menos formidable, más pequeño, como la fe en un milagro lo que quiero transmitirles en esta carta. Algo que corresponde a la noche en que vivimos, apenas una vela, algo con qué esperar.

Las dificultades de la vida moderna, el desempleo y la superpoblación han llevado al hombre a una dramática preocupación por lo económico.

Así como en la guerra la vida se debate entre ser soldado o estar herido en algún hospital, en nuestros países, para infinidad de personas, la vida está limitada a ser trabajador de horario completo o quedar excluido. Es grande la orfandad que cunde en las ciudades; la gran soledad de la persona original es una de las tragedias del vértigo y de la eficiencia.

La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es la desvalorización de sí mismo que siente el hombre y que conforma el paso previo al sometimiento y a la masificación. Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor.

Si a pesar del miedo que nos paraliza volviéramos a tener fe en el hombre, tengo la convicción de que podríamos vencer el miedo que nos paraliza como a cobardes. Yo he pasado riesgos de muerte durante años. ¿Sin miedo? No, he tenido miedo hasta la temeridad, pero no he podido retroceder. Si no hubiese sido por mis compañeros, por la pobre gente con la que ya me había comprometido, seguramente hubiera abandonado. Uno no se atreve cuando está solo y aislado, pero sí puede hacerlo si se ha hundido tanto en la realidad de los otros que no puede volverse atrás. Cuando trabajé en la CONADEP, de noche soñaba aterrado que aquellas torturas, frente a las cuales yo hubiera preferido la muerte, eran sufridas por las personas que yo más quería. Impávido en el sueño, luego me despertaba angustiado y sin saber cómo seguir, pero horas después no podía negarme a escuchar a quienes pedían que yo los recibiera. No podía, era inadmisible que hubiese dicho que no a esos padres cuyos hijos, en verdad, habían sido masacrados.

Quiero decirles que no lo podía hacer porque ya estaba adentro, involucrado. Así es, uno se anima a llegar al dolor del otro, y la vida se convierte en un absoluto. Las más de las veces, los hombres no nos acercamos, siquiera, al umbral de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, y entonces perdemos la oportunidad de habernos jugado, de llegar a morir en paz, domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre. Muchos afirmarán que lo mejor es no involucrarse, porque los ideales finalmente son envilecidos como esos amores platónicos que parecen ensuciarse con la encarnación.

Probablemente algo de eso sea cierto, pero las heridas de los hombres nos reclaman.
Pero esto exige creación, novedad respecto de lo que estamos viviendo y la creación sólo surge en la libertad y está estrechamente ligada al sentido de la responsabilidad, es el poder que vence al miedo. El hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de las calles, sin el cuidado que esos años requieren, que viven en esa intemperie que arrastrarán como una herida abierta por el resto de sus días. Son 250 millones de niños los que están tirados por las calles del mundo.

Estos chicos nos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina, de nuestras vocaciones. De nuestro compromiso ante la orfandad puede surgir otra manera de vivir, donde el replegarse sobre sí mismo sea escándalo, donde el hombre pueda descubrir y crear una existencia diferente. La historia es el más grande conjunto de aberraciones, guerras, persecuciones, torturas e injusticias, pero, a la vez, o por eso mismo, millones de hombres y mujeres se sacrifican para cuidar a los más desventurados. Ellos encarnan la resistencia. Se trata ahora de saber, como dijo Camus, si su sacrificio es estéril o fecundo, y éste es un interrogante que debe plantearse en cada corazón, con la gravedad de los momentos decisivos. En esta decisión reconoceremos el lugar donde cada uno de nosotros es llamado a oponer resistencia; se crearán entonces espacios de libertad que pueden abrir horizontes hasta el momento inesperados.

Es un puente el que habremos de atravesar, un pasaje. No podemos quedar fijados en el pasado ni tampoco deleitarnos en la mirada del abismo. En este camino sin salida que enfrentamos hoy, la recreación del hombre y su mundo se nos aparece no como una elección entre otras sino como un gesto tan impostergable como el nacimiento de la criatura cuando es llegada su hora. Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación. Así lo han mostrado tantos hombres y mujeres que, con el único recurso de la tenacidad y el valor, lucharon y vencieron a las sangrientas tiranías de nuestro continente. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. En esta tarea, lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. éstos no son hechos racionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por los afectos.

El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”.

Chavela Vargas – Para nada nos sirve sin ti …

Se fue Chavela, se rompieron los sueños …

Hasta siempre Chavela !

 

Lydia Cacho – Traffic de femmes

Lydia Cacho, journaliste mexicaine, féministe et activiste pour la défense des droits de la personne, nous livre en plus de 300 pages le fruit d’un travail d’enquête de six ans. Cette enquête journalistique dont l’objet était l’exploitation sexuelle et le trafic de femmes, l’a menée en Amérique latine, en Asie, en Afrique sur la piste des différentes mafias qui s’occupent de ce « commerce » devenu aujourd’hui, selon l’auteure, plus rentable que la vente d’armes ou de drogues.

2Par souci d’objectivité, l’auteure donne la parole à tous les acteurs du trafic, les victimes (les jeunes femmes et les enfants), les bourreaux et leurs complices (les trafiquants, parfois les membres de la famille des victimes, les militaires et les politiciens corrompus). Elle montre qu’il existe deux obstacles majeurs pour combattre le trafic de femmes : d’une part la difficulté à discerner la prostitution légale de l’exploitation sexuelle, et d’autre part le double discours des gouvernements.

3L’exploitation a cours dans les pays où l’on peut pratiquer le tourisme sexuel sans être inquiété, comme par exemple en Turquie, en Thaïlande, au Cambodge, mais aussi dans les villes occidentales à travers des palaces, des instituts de massages ou des saunas spécialisés qui sont la vitrine de réseaux de prostitutions. Les clients qui s’y rendent et donnent ainsi vie au « commerce » ne sont guère soucieux de savoir si la femme qui va leur donner satisfaction est retenue contre son gré (par une dette fictive, la confiscation de son passeport ou des menaces de mort contre sa famille) ou non.

4Dans les pays de grande pauvreté, celle-ci ajoute au drame et pousse certains parents à vendre leurs enfants ou à les laisser être exploités sexuellement dans l’espoir qu’ils soutiennent économiquement le foyer. Pour Lydia Cacho, la pauvreté n’explique pas tout. Deux facteurs d’importance viennent cautionner ces tragédies familiales : le capitalisme sauvage qui fait qu’une vie humaine n’a pas d’importance ou n’en a que par rapport aux bénéfices qu’on pourrait en tirer, et le fait que l’on vive dans un monde patriarcal où la domination masculine est d’un poids tel que la femme n’est guère plus considérée qu’un objet.

5Les différentes mafias qui organisent ce trafic de chair humaine à travers la planète ainsi que l’exploitation sexuelle des femmes ne sont pas inquiétées. D’abord parce qu’elles disposent de multiples complicités, directes ou indirectes. Certains haut-fonctionnaires font bénéficier les mafias de leur influence, par exemple pour obtenir un permis de construire pour un hôtel de luxe, où l’on proposera des services sexuels, ou des visas pour faire voyager des esclaves avec des papiers tout à fait légaux mais établissant de fausses identités. Les militaires peuvent protéger les intérêts des mafieux par le biais d’escortes armées ; sans compter que dans certains cas ce sont les militaires eux-mêmes qui prennent en charge le trafic de femmes. De plus, les policiers qui opèrent des raids opportuns dans certains établissements et font expulser des femmes jugées trop vieilles ou qui deviennent trop récalcitrantes. Enfin, les lois de certains états sont laxistes au point de permettre à ces organisations de développer l’exploitation sexuelle et le trafic de femmes quasiment en toute impunité. De plus, les méthodes particulièrement sophistiquées de blanchiment d’argent utilisées par ces organisations, se transforment en véritables nébuleuses grâce à la globalisation, et rendent encore plus épineuses la traque et l’arrestation des criminels qui les dirigent.

6De nombreux pays sont signataires de résolutions prises contre le trafic d’êtres humains lors de conventions ou de sommets internationaux. Cependant leurs propres lois sont parfois en contradiction avec ces résolutions parce qu’elles autorisent, sans ambages ou à mots couverts, ce « commerce » qui peut être une véritable manne pour l’économie locale. À moins d’une harmonisation des lois et des résolutions internationales, ces dernières en resteront au stade des bonnes intentions.

7Lorsqu’il n’y a pas inadéquation entre les différentes échelles des lois ou de collusion des criminels et des politiciens, celle-ci cède la place à l’hypocrisie. Par exemple, le gouvernement des États-Unis s’élève catégoriquement contre l’exploitation sexuelle et le trafic de femmes, et les dénoncent avec véhémence pour d’autres pays.  Tout en étant bien plus discret sur la création de camps spéciaux au Vietnam, où des femmes, retenues là, devaient satisfaire les appétits des soldats américains.

8Le portrait que dresse Lydia Cacho est alarmant. Il ne s’agit plus simplement de la « traite des blanches » mais de la normalisation de l’exploitation du corps des femmes à des fins uniquement sexuelles. Le travail de la journaliste révèle ce que nous sommes tentés d’appeler une phase hyper agressive de la domination masculine. C’est-à-dire que la femme est tellement perçue comme un objet que si elle a la chance de pouvoir exprimer une volonté ou une liberté de choix et si elle a le malheur de le faire, on la trouve arrogante et on lui préfère une femme « gentille » et soumise (en somme une esclave), quitte à parcourir des milliers de kilomètres pour profiter de sa compagnie éphémère et tarifée. On en vient donc, par l’acceptation de la relation tarifée pour obtenir entière satisfaction sexuelle, à faire de la femme un consommable.

9Cette phase agressive se traduit non seulement par cette acceptation voire cette normalisation de la femme en tant que consommable, mais également, pour les trafiquants ou les policiers qui ont affaire aux victimes, par une rationalisation disculpante. Si les femmes sont exploitées sexuellement c’est qu’elles aiment ça. Si elles se laissent induire en erreur et croient pouvoir sortir de la misère en acceptant d’aller travailler à l’étranger comme serveuse, mannequin ou chanteuse et qu’elles finissent prostituées, c’est forcément qu’elles aiment ça. D’après l’auteure, les revendications de certaines femmes pour avoir le droit d’être des travailleuses du sexe, reflètent l’intériorisation de la domination masculine et contribuent à celer encore plus l’exploitation d’autres femmes.

10Le principal reproche que l’on pourrait adresser à l’auteure c’est qu’en dessinant les contours d’une domination masculine féroce, elle fait des hommes une catégorie où les classes, les ethnies etc… se fondent dans un genre problématique et prédateur. Elle nous donne aussi, peut être involontairement, une vision trop simpliste des relations de genre qui ne se limitent pas aux relations sexuelles. Il faut reconnaître que l’exploitation qu’elle dénonce profite majoritairement aux hommes, quelque soit le rôle (trafiquant ou client) qu’ils y jouent, ils y prennent une part active.

11La seule note d’espoir que donne l’auteure est le courage, qui confine à l’héroïsme, des membres des organisations qui travaillent un peu partout dans le monde pour aider les victimes de ce trafic à se reconstruire. Mais pour changer des pratiques sociales de prédation, dixit Lydia Cacho « pourtant, c’est d’un héroïsme collectif et non pas exceptionnel dont nous avons besoin ».

http://www.lydiacacho.net

Esclavas del poder – Lydia Cacho

Puede ser buena la violencia?

Esta pregunta la hice a varias personas, durante mi lectura del libro de Lydia Cacho, Esclavas del Poder. Todas a las que pregunté titubearon; meditaron un momento para, casi siempre, decir que dependía del caso.

A los diez años de edad, esta niñita tiene la respuesta clara que tanto nos evade a adultos, profesoras, maestros, doctoras, académicos. La terrible, la inimaginable sabiduría de las víctimas.

¿O sea que sí puede ser buena?, volví a preguntar. Pues sí, dijeron con patente falta de certeza, sintiendo quizá que se les presentaba una trampa.

¿Cuándo es buena? insistí. Por ejemplo, me dijeron, cuando la vida propia o de un semejante está amenazada, o en caso de guerra, de secuestro o de asalto.

¿Qué tanta violencia es buena?, insistí otra vez, poniendo a prueba amistades y paciencias. Para ese momento todas y todos mis interlocutores me miraban con palpable desconcierto, con evidente molestia. La respuesta más inteligente que recibí decía que la suficiente para acabar con ella. ¿Cómo es eso?, seguí. Pues la violencia es necesaria para acabar con la violencia, declaró un amigo, mientras miraba alternadamente a la puerta y a su reloj.

¿Alguna vez has visto que la violencia haya acabado con la violencia?, inquirí, con falsa ingenuidad. No obtuve una respuesta satisfactoria, sólo recibí una sonrisa impaciente. Sin embargo, sí la hay. Está entre las citas epigráficas que aparecen en el libro de Cacho: son las palabras de Yerena, una sobreviviente de la trata sexual de niños y niñas. De diez años de edad. Con la simpleza de una sabia zen, incapaz de darle muchas vueltas a las cosas, esta pequeñita declaró: “La violencia no es buena porque duele y me hace llorar”.

Imaginé a la chiquilla pensando y respondiendo, quizá en algún albergue, protegida de quienes le habían dado esa temible lección. La vi con el ojo interno de mi mente y me estremecí hasta las lágrimas al escuchar una y otra vez la simple sabiduría de quien sabe porque ha vivido. A los diez años de edad, esta niñita tiene la respuesta clara que tanto nos evade a adultos, profesoras, maestros, doctoras, académicos. La terrible, la inimaginable sabiduría de las víctimas.

Lydia

Lydia Cacho no requiere de mayor presentación. Es vox populi que se ha dedicado a tratar de entender la violencia. Pero Lydia también es una mujer de acción; ha intentado, incansablemente, hacer todo lo humanamente posible para acabar con ella.

Entre sus logros, gigantescos, está una institución cancunense dedicada a la protección y educación de mujeres víctimas de violencia: el CIAM. Una institución inmensamente prestigiada en otras partes del mundo que la mayoría de las y los cancunenses no conoce ni ha oído hablar de ella. Una institución que ha sufrido la misma violencia que combate, como se supo por una cadena de correos electrónicos que circuló en las redes sociales, al ser atacada por supuestas autoridades de nuestra ciudad que querían sacar a la fuerza a una mujer refugiada, temerosas quizá de lo que ella supiera acerca de la violencia y los violentos en Cancún. Violentos poderosos e influyentes. Íntegra, al igual que Lydia, esta institución nunca ha contestado con más de lo mismo. A la violencia, paz, entendimiento y acción; nunca más violencia.

Además de fundadora de instituciones, Lydia es autora de varios libros: periodísticos, manuales para prevenir el abuso sexual y novelas. Lydia también es mujer: el ser humano más valioso y valiente que he conocido. Se dice que Platón agradecía haber sido griego, hombre y libre, pero sobre todo, que había conocido a Sócrates. Quienes conocemos a Lydia no estamos tan seguros de tantas cosas, sólo de agradecer intensamente haberla conocido; basten las opiniones de Eduardo Galeano, autor de Las Venas Abiertas de América Latina, y de Roberto Saviano, autor de Gomorra, que aparecen en la portada y en el prólogo del libro.

Lydia, para entender otros aspectos de la violencia, emprendió un viaje de investigación. Uno al corazón de la trata sexual de mujeres y niñas en todo el mundo. Para obtener información, la escritora siguió las enseñanzas de Günter Wallraff, investigador periodístico alemán, y se transformó en varias identidades ficticias: monja, prostituta, jugadora de casino… Aplicó técnicas de investigación de campo, como la observación y la entrevista. Como investigadora, Lydia nunca buscó la objetividad, que es la subjetividad más engañosa, la que se erige a sí misma como árbitro; su trabajo es muestra de lo que se puede hacer con amor y compromiso, con una intersubjetividad educada, responsable y profesional.

El viaje: Mahmut, Rim Banna,

Rodha, Sue Hanna, Somaly Mam…

En el mundo de hoy se roba, compra y esclaviza a niñas y mujeres. Es así de espeluznantemente simple. Se hace con violencia, desde luego; violencia inimaginable. Violencia que a pesar de todo esto no es bien entendida por todos ni todas; especialmente, por los hombres que consumen lo que ofrecen quienes han robado, comprado y esclavizado a niñas y mujeres, y que por ese hecho se convierten en los cómplices de mafiosos de la más abyecta calaña. Violencia que nos degrada como personas y que nos hace difíciles acreedores a ese sustantivo tan abstracto: humanidad.

Pero eso no es todo lo que hay en el mundo. También hay mujeres y hombres que buscan y encuentran la paz y la luz. Incluso en los sitios más oscuros. Hombres y mujeres que hacen que vivir valga la pena. El libro de Lydia es un homenaje a estas personas, que combinan los papeles de héroe y hombre y mujer comunes.

Como en Turquía, donde Lydia conoció a Mahmut, policía de oficio. Este valeroso representante de la ley le contó a Lydia cómo en su país se miente sistemáticamente para poder pertenecer a la Unión Europea, donde el gobierno firma tratados y acepta diálogos para respetar los derechos humanos mientras que en realidad las mafias albanesas y rusas cooperan con las mafias locales para el transporte ilícito de mujeres que terminan en el negocio de la prostitución, protegido por el Estado turco.

O en Israel y Palestina, donde Rim Banna, una artista que vive en los territorios ocupados, se dedica a procurar la seguridad de mujeres y niñas. Rim le platicó a Lydia la fragilidad de las niñas palestinas, que son frecuentemente casadas a los diez u once años con hombres adultos, como lo testimonia una impactante fotografía en la que aparecen tristemente disfrazadas de novias, robadas de su infancia. Países donde la trata de personas se ha dado para obtener órganos trasplantables, a pesar de creerse que esto sólo ocurre en la ficción de papel barato.

Como en Japón, donde la mafia Yakuza sigue costumbres que parecen sacadas de una novela negra de extrema crueldad: cortarse el dedo meñique en señal de obediencia con los capos, así como violar ritual y tumultuariamente a mujeres secuestradas, dañándolas para siempre en lo físico, lo moral y lo emocional, lo que fue contado a Lydia por la superviviente llamada Rodha. Los Yakuzas se dedican al comercio sexual, tanto legal como ilegal. Y lo hacen con violencia extrema.

O en Camboya, Tailandia y Birmania, donde la guerra y su deshumanización han establecido el infierno en donde mujeres y niñas valen menos que los destartalados tuktuks, frágiles motocicletas convertidas en carritos de sitio, en que son transportadas para satisfacer a hombres turistas de todo el mundo, que buscan el inicuo placer de violar a una niña. Allí, Lydia conoció y conversó con Sue Hanna, valiente mujer que dirige un refugio para niñas víctimas de trata, y a Somaly Mam, quien por su heroísmo parece un personaje literario y no una mujer dedicada a abolir la esclavitud sexual femenina.

Y desde luego, como aquí en México lindo y querido, donde los table-dance y los prostíbulos de cuestionable postín esconden las historias de horror y valentía de mujeres secuestradas, adictas a la fuerza, incapaces de sacudirse las deudas y las amenazas de muerte con que los padrotes las tienen sojuzgadas para distraer, divertir y dar placer a los poderosos y a los influyentes, entre los que rutinariamente se encuentran los políticos y hombres de negocios más encumbrados de nuestro país.

Nosotros: los hombres, los clientes

De Esclavas del Poder no es posible salir intocado. Su lectura es luminosa y transformadora. Desde el fango de la esclavitud este libro hace señalamientos claros: hay esperanza.

Y la esperanza estriba en que los consumidores se den cuenta cabal de lo que hacen cada que visitan un prostíbulo o table-dance: propician la tristeza, la esclavitud y la violencia.

Después de leer, el lector entiende que quienes más defienden la legalización de la prostitución son las mafias, quienes así pueden aumentar sus ganancias con estrategias dirigidas a bajar los costos: con la esclavitud de mujeres y niñas, camuflada entre la prostitución legal, la que institucionaliza el acto de apropiarse de un cuerpo, lo que de otra manera no podría hacerse sin violencia. Y por supuesto, ya sea legal o ilegal, el lector entiende que quienes tienen la peor parte son siempre quienes buscan ganarse así el pan para alimentar a su familia: las prostitutas.

La lectura deja claro que cuando uno va a estos lugares pisa no un sitio de diversión y esparcimiento sino un territorio de criminalidad organizada, compleja y global: el table-dance de Cancún puede estar regenteado por un ex militar argentino, buscado por delitos de lesa humanidad y protegido por autoridades mexicanas. Lenón perfectamente capaz de asesinar para lograr éxito en sus negocios.

La respuesta

La lectura de Esclavas del Poder nos deja un legado limpio y claro: a la oscuridad, luz; a la violencia, paz; a la esclavitud, libertad. A quienes practican la prostitución, respeto, así como opciones dignas y libres de violencia. A las niñas y niños víctimas de la trata, protección y amor, tanto como necesiten. Se los debemos.

Hagamos un esfuerzo enorme y escuchemos con atención a Yerena, niña de diez años víctima de la trata con fines sexuales. Es lo único que puede salvarnos: no más de lo mismo. No más violencia: duele hasta el alma y nos hace llorar.

Eduardo Suárez Díaz

Amnistía Internacional México

La periodista Lydia Cacho, defensora de los derechos humanos, quien reside en Cancún, al sureste de México, ha sido amenazada de muerte.

 Lydia Cacho estaba en su casa trabajando el 29 de julio cuando su transductor de mano, utilizado únicamente para emergencias, se encendió solo. Ella respondió, pensando que podría ser un colega del trabajo, y oyó una voz de hombre que la llamaba por su nombre y le decía: “Ya te lo dijimos, pinche puta, no te metas con nosotros, se ve que no aprendiste con la vueltecita que te dieron. La que te va a tocar va ser en pedacitos, así te vamos a mandar a casa, en pedacitos, pendeja”. Lydia Cacho ha denunciado formalmente esta amenaza ante la Procuraduría General de la República.

Lydia Cacho empezó a recibir amenazas y a sufrir acoso tras publicar en 2005 un libro en el que sacaba a la luz una red de pornografía infantil que, al parecer, actuaba con el conocimiento y la protección de políticos y empresarios de los estados de Quintana Roo y Puebla. A consecuencia de las denuncias por difamación presentadas contra ella y de los irregulares procedimientos judiciales, en diciembre de 2006 fue detenida y sometida a amenazas y acoso.  Después de eso, se publicaron en los medios de comunicación conversaciones telefónicas intervenidas en las que se implicaba en su detención y acoso a ex altos cargos gubernamentales del estado de Puebla. Desde entonces, Lydia Cacho ha seguido recibiendo amenazas, en ocasiones como represalia por su trabajo como periodista y defensora de los derechos humanos en un albergue para mujeres en Cancún.

 En 2009, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos pidió al gobierno mexicano que adoptara medidas cautelares para Lydia Cacho. En 2010, Lydia Cacho publicó otro libro, en el que, una vez más, sacaba a la luz la trata de mujeres y niñas y revelaba los nombres de individuos presuntamente vinculados a estas redes delictivas.

INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA

Los periodistas de México corren un grave peligro de ser agredidos o asesinados a causa de su trabajo. Según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, al menos 70 periodistas han sido asesinados desde el año 2000, y sigue sin conocerse el paradero de otros 13 periodistas secuestrados. Quienes investigan o denuncian la delincuencia y la corrupción están especialmente expuestos a ataques o intimidación. En la gran mayoría de los casos, los responsables no comparecen ante la justicia, lo que crea un clima de impunidad.

AI llama a sus miembros a que escriban inmediatamente, en español, en inglés o en su propio idioma:

· expresando preocupación porque Lydia Cacho fue amenazada de muerte el 29 de julio, e instando a las autoridades a garantizar su seguridad;

· instando a las autoridades a proporcionar a Lydia Cacho medidas efectivas de protección, de acuerdo con los deseos de la propia afectada, y conforme a lo ordenado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos;

·  pidiéndoles que ordenen una investigación inmediata, exhaustiva e imparcial sobre las amenazas de muerte y que lleven a los responsables ante la justicia.

ENVIAR LLAMAMIENTOS, ANTES DEL 12 DE SEPTIEMBRE DE 2012, A:

Dr. Alejandro Poiré Romero

Secretario de Gobernación

Secretaría de Gobernación

Bucareli 99, 1er. piso, Col. Juárez

Delegación Cuauhtémoc

México D.F., C.P.06600, México

Fax: +52 55 5093 3414

Correo-e.: secretario@segob.gob.mx

Tratamiento: Sr. Secretario

Marisela Morales Ibáñez

Procuradora General de la República

Paseo de la Reforma 211-213

Col. Cuauhtémoc, México D.F., C.P. 06500, México

Fax: +52 55 5346 0908 (insistan, y digan: “fax”)

Correo-e.: ofproc@pgr.gob.mx

Tratamiento: Sra. Procuradora General

Rémi Ochlik * Photojournaliste

Le journaliste français Rémi Ochlik a été tué, mercredi 22 février, lors du pilonnage du quartier de Baba Amro, à Homs. Ce jeune photojournaliste avait notamment couvert de nombreux conflits du Printemps arabe, en Tunisie, en Egypte, en Libye et dernièrement en Syrie.

Le Monde.fr | 22.02.2012

Né en 1983, dans l’est de la France, Rémi Ochlik avait étudié la photographie à Icart-Photo, une école de photographie à Paris, pour travailler ensuite pour l’agence photograhique Wostok. En 2004, il se fait connaître avec un reportage sur les événements d’Haïti, alors qu’il n’a même pas encore terminé ses études. Il se révèle alors comme un talentueux représentant de la jeune génération de photographes. Son travail est couronné du prix Jeune Reporter François-Chalais et honoré d’une projection au festival Visa pour l’image de Perpignan. Jean-François Leroy, le directeur du festival, expliquait alors: “On m’a montré un travail sur les événements d’Haïti. Très beau, très fort. Je ne connaissais pas le mec qui a fait ça. Je l’ai fait venir. Il s’appelle Rémi Ochlik, il a vingt ans. Il a travaillé tout seul, comme un grand. Voilà. Le photojournalisme n’est pas mort”.

Après cette première expérience des conflits armés, il décide de fonder sa propre agence de presse, IP3 Press, qui se propose de couvrir l’actualité parisienne et les conflits partout dans le monde, comme la guerre en République de démocratique du Congo, en 2008, l’épidémie de choléra ou l’élection présidentielle haïtienne, en 2010 (voir son site, www.ochlik.com).

SUR TOUS LES FRONTS DES RÉVOLTES ARABES

Il consacre l’année 2011 aux révoltes dans les pays arabes. Tunisie, Égypte, Libye : il est sur tous les fronts. “2011 a été une année incroyablement chargée, déclare-t-il à l’époque. Chaque pays couvert avait son vécu propre par rapport à son régime, mais l’espoir, l’élan et les slogans étaient les mêmes. Les peuples étaient animés par le sentiment de ras-le-bol, moi par celui d’être là où se joue l’histoire.”

Le jeune photographe Remi Ochlik a remporté le quatrième prix du concours World Press Photo pour sa photo "Battle of Libya".

Ses photographies ont été publiées dans Le Monde Magazine, VSD, Paris Match, Time Magazine et The Wall Street Journal. Son travail a reçu, en décembre, le premier prix du festival Scoop Grand Lille pour trois de ses reportages : La Révolution du Jasmin ; Egypte, Tarhir Square et La Chute de Tripoli. Plus récemment, il a reçu le quatrième prix du prestigieux World Press Photo pour sa photo Battle for Libya.

Son dernier projet était de saisir les événements syriens dans son objectif. Il disait s’appuyer de plus en plus sur la puissance des réseaux sociaux. “Ils sont un bon moyen de sonder le terrain du point de vue des locaux”, insistait-il.En effet, c’est en veillant pendant six heures sur Facebook qu’il avait compris qu’il se passait quelque chose de très important en Libye et qu’il avait décidé d’y partir.Selon son confrère Franck Medan, “d’une grande humilité, plein d’énergie, curieux, il travaillait au 35 mm, il n’avait pas les moyens de s’équiper d’un téléobjectif. Mais même s’il l’avait pu, il voulait aller loin, être au plus près de l’événement et vivre les choses pleinement”.

Le festival Visa pour l’image lui rend hommage dans le cadre d’une rétrospective en septembre 2012 à Perpignan.

http://www.ochlik.com/

Rémi Ochlik, mort d’avoir raconté l’histoire de ces peuples qui se battent pour leur liberté

Pire qu’une drogue ou les souvenirs de guerre d’un jeune reporter 

“Le 4×4 se rapproche inexorablement d’un barrage. On prie pour que les Chimères qui s’y trouvent sachent lire afin qu’ils puissent voir “international press” sur le véhicule. (…) La bouche déjà pâteuse, on allume une cigarette qui n’a plus de goût, qui brûle la gorge. Les portières s’ouvrent, on est sorti de la voiture, une arme automatique sur la tempe. On pense à sa famille, au jour de son enterrement et à un tas de choses hors contexte. Le pire, ce sont leurs yeux : rouges, vitreux, sans vie. Complètement shootés au crack, ils sont capables de tout, surtout du pire. Ils hurlent des ordres en créole qu’on ne comprend pas. On est fouillé sans ménagement, toujours le canon de l’arme sur la tempe. Ils cherchent des armes. L’un d’entre eux nous fait signe de remonter dans la voiture, les autres ne sont pas d’accord. Ils crient, se battent entre eux à coups de bâton. On n’en mène pas large. On a vingt ans et pas vraiment envie de mourir. On donnerait tout pour être loin, très loin, ne jamais être venu. Témoigner ? La belle affaire ! Pour qui ? Pour quoi ? Tout le monde s’en fout de cette île pourrie. Ils peuvent bien s’entretuer, le monde n’en a cure. Et nous, on est dans la merde. Il suffirait d’un rien pour un coup parte, que l’on se retrouve à terre. Puis, il y a cette détonation, les tympans semblent avoir explosé, on n’entend plus rien. Une distance se créée entre le cerveau, la pensée et l’extérieur, on est comme dans une bulle. On voit leur bouches s’ouvrir sans aucun son n’en sorte. L’imbécile qui vient de tirer semble content de lui. Ils ont fini par se mettre d’accord, on peut partir. (…) On est livide, médusé. Mais on est passé. L’adrénaline redescend, les nerfs se relâchent. On éclate de rire, un fou rire étrange et déplacé, mais incontrôlable. Le cœur commence à retrouver un rythme plus régulier quand au loin, on aperçoit un autre barrage… Ce soir-là, en revenant du nord du pays, sur la route St Marc / Port-Au-Prince, on a croisé six barrages semblables à celui-ci. Plus de trois heures pour parcourir cinq malheureux kilomètres. (…) On pense à cette étrange dualité que crée la guerre. On vient de vivre des instants terribles, pendant lesquels on aurait vendu les êtres les plus chers pour être loin de cette merde, et pourtant nous voilà, à peine sorti d’affaire, avec une seule envie, une seule idée fixe : y retourner, encore et encore, sentir cette peur à nouveau, cette montée d’adrénaline si puissante. La guerre est pire qu’une drogue, sur l’instant c’est le bad-trip, le cauchemar. Mais l’instant d’après, une fois le danger passé, on meurt d’envie d’y retourner prendre des photos en risquant sa vie pour pas grand chose. Il y a une sorte de force incompréhensible qui nous pousse à toujours y revenir…”

Rémi Ochlik,
Au retour d’Haïti, Paris, 2004.

A sangue caldo – Roberto Saviano

Vorrei dire al lettore di fermarsi qua, di non andare oltre. Di non vedere queste foto. Vorrei dire al lettore di non portare il giornale a casa se ha dei bambini, di non lasciarlo in giro se ha una fidanzata, un compagno, marito o moglie debole di stomaco o che non riesce a sopportare certe immagini.

Vorrei dire al lettore di tenere, per questo mese, la copertina rivolta verso il basso, nascosta. Vorrei dire al lettore di non aprire questo giornale, rischiando di mostrarlo ai vicini di posto, in treno, in metro o sul bus.

Vorrei consigliargli tutto questo, ma non lo faccio. Anzi, so benissimo che scrivendone sto invitando il lettore a guardarle, queste foto, forse anche con maggiore attenzione. Ma non posso fare a meno di avvertirlo: gli daranno fastidio e non perché mostrano fori di proiettile e corpi martoriati. Non è solo questo che raccontano. Queste foto descrivono un mondo e un sistema di cose. Se vedi un corpo martoriato, lo senti lontano, magari ti incuriosisce, ma la curiosità è solo istinto. Soddisfatto, svanisce. Se invece scorgi un meccanismo fatto di regole e prassi che ti vengono svelate e che riesci a comprendere perfettamente, se ti accorgi che tutto è coerente, che tutto ha un senso e segue leggi non scritte ma note, ecco che le foto iniziano a mettere paura, a inorridire, perché smettono di essere “incidenti” e diventano descrizione di un “sistema”.

Eppure, se siete arrivati sino a qui, significa che avete deciso di leggere queste parole e di vedere queste foto. In Messico si combatte una vera e propria guerra civile, più o meno ignorata dai media. Ma i cartelli messicani hanno necessità di comunicare e rendere noto il loro potere. Spesso lo fanno attraverso omicidi spettacolari sapendo che i giornalisti di mezzo mondo non parlerebbero dell’ennesimo omicidio in America Latina, se non per riportarne le brutali modalità: il corpo di una bella donna, una giornalista, loro collega, lasciato esanime in bella mostra nel centro di una città. Con testa e mani mozzate e con parti di computer buttate lì, accanto al cadavere.

Un omicidio tanto efferato quanto simbolico. Un simbolismo che chi si occupa di mafie non fa fatica a riconoscere e a comprendere. La giornalista ha diffuso ciò che ha visto (la testa mozzata) scrivendolo (mani mozzate) sui social network (tasti di computer, un lettore mp3 e diversi cavi). Non è un esempio astratto questo, ma proprio ciò che è accaduto a María Elizabeth Macías, 39 anni, caporedattore di Primera Hora. María Elizabeth Macías non scriveva contro i narcos con inchieste, non svelava tangenti di politici o sbirri corrotti. Semplicemente scriveva come evitare i luoghi pericolosi, i locali dello spaccio e dell’investimento. Come stare al sicuro. Questo è bastato per condannarla a morte.

Vi starete chiedendo come sia possibile che al silenzio preferiscano la notorietà, le pagine dei giornali, l’attenzione. Semplice: per ammonire, per dare avvertimenti, per rendere note la propria forza e la propria ferocia. E soprattutto per stabilire questo: «Si può scrivere di noi, si può parlare di noi, si può raccontare cosa facciamo, ma alle nostre condizioni». Le informazioni possono circolare, ma non ovunque, non per accendere luce e bloccare investimenti. Possono e devono circolare per accrescere la loro fama e i timori degli affiliati e dei cartelli rivali. Quando però le informazioni arrivano a troppi, quando falliscono il loro scopo, scattano le ritorsioni, la morte spettacolare che è monito per tutti.

Non mi stancherò mai di raccontare la storia di Christian Poveda, fotoreporter e documentarista franco-spagnolo, ucciso per aver realizzato un documentario sulle Maras. La vida loca è stato girato quasi interamente alla Campanera, la roccaforte della gang M-18 (Mara 18) in eterna lotta con la rivale Mara Salvatrucha. E la cosa singolare è che Christian Poveda aveva avuto dai capi il permesso di seguirli e riprenderli. Poveda racconta come le strade del Salvador si siano riempite di gang di ragazzini che controllano il traffico di droga e si lanciano in mostruose guerre tra bande. Un esercito che varia dai 30 ai 50mila affiliati. Il documentario fu presentato nel 2008 al Festival internazionale del cinema di San Sebastian e incuriosì molti giornalisti che andarono in Salvador per verificare e approfondire il lavoro di Poveda. Ecco, questo lo condannò a morte: l’attenzione internazionale su ciò che accadeva in un angolo remoto di mondo. L’attenzione internazionale sui traffici e soprattutto sui rapporti tra le Maras e la politica. Il 2 settembre del 2009 sparano in testa a Christian, che però muore in totale silenzio, in Italia, in Europa, ovunque. Lasciando in qualche modo una sorta di ormai fisiologica accettazione: «Hai scritto di queste cose?», o meglio, «Hai ripreso queste cose? Non puoi che essere condannato».

I nuovi killer, le nuove leve, sono adolescenti. Dinamici, curiosi, non costosi e senza famiglie o mogli a cui rendere conto. Un omicidio può esser pagato da 15 euro sino a 10mila euro. Dipende dalla qualità del servizio, dal livello del rischio, dal bersaglio. Sono ragazzini salvadoregni, honduregni, nicaraguensi, guatemaltechi, messicani. Le nuove leve della ferocia contemporanea. Si addestrano sugli animali, sparano ai cavalli in corsa negli allevamenti, in testa ai cani, sulle pecore al pascolo. Poi arrivano agli uomini. La prova che l’organizzazione chiede è di ammazzare e poi tornare sul luogo del delitto, magari andare al funerale per star sicuri di non essere riconosciuti e quindi di aver fatto un buon lavoro, un lavoro pulito. A questo punto la formazione è finita e il compenso si adeguerà alla professionalità del killer.

A volte le migliori risorse per i cartelli criminali sono proprio i bambini che ammazzano per necessità, ma come fosse un gioco. Edgar Jimenez Lugo, detto “El Ponchis”, nel 2010 era considerato il dodicenne più feroce del mondo. Fu arruolato da Julio de Jesús Radilla Hernández detto “El Negro” ed era al soldo del Cartello del Pacifico del Sud. Era un bambino latino ma nato in America a San Diego. Specializzato nel tagliare gole, mentre torturava e sgozzava le sue vittime, veniva ripreso con la telecamera dai suoi compagni che poi caricavano i video su internet. Alcuni video sono ancora visibili e mostrano El Ponchis che picchia un uomo appeso a una corda e sgozza un uomo bendato. A volte, a essere postate erano foto di gruppo in cui i giovani affiliati indossavano passamontagna, avevano droga e impugnavano armi di grosso calibro.
Proprio grazie a questi video, le forze dell’ordine hanno iniziato a indagare su El Ponchis e sono riusciti ad arrestarlo, ormai quattordicenne, il 3 dicembre 2010 all’aeroporto Mariano Matamoros di Cuernavaca nello Stato di Morelos, dove il Cartello del Pacifico del Sud aveva il suo quartier generale. El Ponchis era diretto a Tijuana e da lì avrebbe raggiunto San Diego. Viaggiava con sua sorella Elisabeth, di 16 anni, il cui compito nella banda, probabilmente, era di sbarazzarsi dei cadaveri, scaricandoli sulle strade e sulle autostrade. Secondo le autorità, El Ponchis è coinvolto in dozzine di omicidi e per ogni vittima sgozzata riceveva 2mila e 500 dollari. Eppure, durante l’interrogatorio, ha dichiarato di aver decapitato 4 uomini e di averlo fatto sotto l’effetto di droghe. Ha aggiunto che, se fosse stato rilasciato, avrebbe voluto trovare un lavoro vero e mettersi sulla buona strada.

Ma non sempre i baby-killer vengono reclutati da chi conosce il territorio e i quartieri più poveri. Più spesso la ricerca avviene tramite i narcostriscioni: appesi ovunque, si rivolgono ai soldati promettendo buone paghe e benefici per chi vorrà arruolarsi. In questo modo è stato reclutato dai Los Zetas, poco più che bambino, Rosalio Reta, nato a Houston in Texas. A 13 anni commise il suo primo omicidio negli Stati Uniti, dopo sei mesi di addestramento militare in Messico, in un ranch nello Stato di Tamaulipas. La polizia lo catturò nel 2006, nel comune di Santiago (Nuevo León), dopo aver partecipato all’omicidio di due rivali degli Zetas. Durante l’interrogatorio, riferendosi al suo primo omicidio, disse: «Mi è piaciuto farlo, uccidere quella persona. Mi sentivo Superman». Ma poi aggiunse che preferiva uccidere le sue vittime quando non fossero legate. Troppo facile prendere in mano una pistola e sparare in testa a un uomo disarmato e legato: “Non c’era sfida”. Lui preferiva pedinare le sue vittime e prenderle alla sprovvista, scegliere il momento giusto. Sentire l’adrenalina, il pericolo. Dai 13 ai 17 anni, ha commesso 20 omicidi, tutti per conto degli Zetas.

Insieme ad altri due minorenni, Gabriel Cardona e Jessie Hernández, formava una cellula de Los Zetas in Texas, conosciuta come Los niños Zetas. Vivevano insieme, in una casa affittata per loro dal cartello e guadagnavano 500 dollari a settimana. Rosalio e Gabriel, si erano fatti tatuare due occhi sopra le palpebre, per avere gli occhi aperti, sempre, anche quando dormivano. Durante gli interrogatori, Rosalio, non aveva mostrato alcun rimorso per gli omicidi, temeva solo le ritorsioni dei Los Zetas “per aver sbagliato” un colpo a Monterrey, dove invece di uccidere una sola persona in un nightclub, come gli era stato ordinato, mancò il bersaglio: uccise 4 persone e ne ferì 25, tutti civili non legati alla criminalità organizzata.

Dal 2000, solo in Messico, i giornalisti uccisi dai killer al soldo dei cartelli del narcotraffico sono circa 80. E negli ultimi tre anni, i morti per il controllo del mercato della droga, oltre 15mila. Ciò significa che potrei scrivere per ore e raccontare attraverso le vite di queste persone e attraverso le loro morti la guerra che si combatte in Messico, una vera e propria guerra civile fondata sul denaro. Come tutte le guerre civili, dirà qualcuno, ma qui è costantemente alimentata dalle faide sulla spartizione dei territori. Da quando la Colombia ha smesso di essere un paese distributore, i cartelli colombiani – di Cali, Medellin, ma anche i gruppi guerriglieri Auc e Farc che in realtà hanno sempre gestito il narcotraffico – sono implosi e versano in gravi difficoltà rispetto al Messico che è diventato il centro della distribuzione della cocaina. I narcotrafficanti messicani, a differenza di altri gruppi, a differenza anche delle organizzazioni italiane e di quelle russe, instaurano una vera e propria dittatura del narco. Guatemala, Salvador, Belize, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, sono di fatto colonie messicane, perché il Messico sta conquistando tutto. Tutto. Basti pensare che il territorio con più morti ammazzati al mondo è l’Honduras, da quando è a disposizione dei cartelli messicani e da quando produce cocaina. La Colombia, invece, è in una situazione di ripresa; continua a produrre cocaina ma non distribuendola, risente meno del potere dei narcotrafficanti. Poi c’è il Perù, paese produttore e l’Argentina, che recentemente ha perso un partner importante nella lotta al narcotraffico. A luglio scorso, il ministro della Sicurezza argentino ha ordinato alla Dea, l’antidroga americana, di sospendere le sue attività sul territorio.

Queste sono foto lucide, opache, sfocate, a fuoco. In bianco e nero, i colori del passato, i colori degli incubi. Niente colore per la morte, come se rendere quegli scatti simili al reale fosse un sacrilegio. Alcune sono fin troppo chiare, altre incomprensibili. Spesso ne cogliamo immediatamente il senso, in altre ci sfugge e vorremmo che nessuno scrivesse didascalie, che nessuno ci dicesse chiaramente cosa ritraggono. Preferiamo vedere una X, dei sacchi che pendono dai tralicci, un’insegna sfocata, murales.
Eppure ci parlano di un mondo che ci appartiene. Che, seppure lontano, detta regole anche qui da noi. Il Sudamerica produce e distribuisce la coca consumata in tutto il mondo. Produce quello che in troppi considerano il carburante dei corpi e la sua produzione, distribuzione, la spartizione dei traffici, dei territori, annienta i corpi di chi vi è coinvolto. E ancora una volta bambini, appena adolescenti, baby killer e baby affiliati che per pochi soldi si allenano a diventare soldati della droga. Soldati professionisti.

Chiazze di sangue, fori di proiettile su vetri e mura, bambini con abiti e borse più grandi di loro, con smorfie da adulti, che i loro corpi e i loro volti indossano con disinvoltura. Facce contuse, rivoli di sangue e bocche spalancate. Occhi truci, occhi smarriti, occhi indifferenti, occhi abituati. Corpi tumefatti. La disperazione delle forze dell’ordine, la loro perenne complicità. Armi puntate per gioco, armi puntate per paura, armi puntate per noia, armi puntate per soldi. Armi. Mani in faccia per disperazione, braccia conserte per rassegnazione. Foto in posa con passamontagna, felpe griffate e armi tirate a lucido e bambini, bambini ovunque, che camminano per strada senza far caso a un cadavere appena superato o in capannelli dopo una sparatoria. I bambini, le loro facce, il loro contegno, ci raccontano un territorio in cui chi presta soccorso è rassegnato e guarda in camera provando ad accecarci con quella torcia sull’elmetto. Meglio non vedere, meglio concentrarsi sulla luce. Forse.

Il sole 24 ore

Lithium Dreams Can Bolivia become the Saudi Arabia of the electric-car era? by Lawrence Wright Read

March 22, 2010 – New York Times

In southern Bolivia, there is a mountain called Cerro Rico—“the hill of wealth.” It is a pale, bald rock, crisscrossed with dirt roads that climb the slope like shoelaces. More than four thousand mining tunnels have so thoroughly riddled its interior that the mountain is in danger of collapse. Its base is ringed with slums that spill into the old city of Potosí, a World Heritage site. Evo Morales, the President of Bolivia, recently told me that he and his countrymen see Potosí as “a symbol of plunder, of exploitation, of humiliation.” The city represents a might-have-been Bolivia: a country that had capitalized on its astounding mineral wealth to become a major industrial power. Such a Bolivia could easily have been imagined in 1611, when Potosí was one of the biggest cities in the world, with a hundred and eighty thousand inhabitants—roughly the size of London at the time. Although Potosí began as a mining town, with the saloons and gaming houses that accompany men on the frontier, it soon had magnificent churches and theatres, and more than a dozen dance academies. From the middle of the sixteenth century until the middle of the seventeenth, half the silver produced in the New World came from Cerro Rico. Carlos Mesa, a historian who served as Bolivia’s President from 2003 to 2005, told me, “It was said throughout the Spanish empire, ‘This is worth a Potosí,’ when speaking of luck or riches.” Potosí is now one of the poorest places in what has long been one of the poorest countries in South America.

Across the divide of the industrial revolution, there is another city whose promise of greatness now lies in ruins: Detroit. Even before the Curved Dash Oldsmobile rolled off the assembly line, in 1901, becoming the first mass-produced American car, Detroit was a showplace of labor, its huge factories producing iron, copper, freight cars, ships, pharmaceuticals, and beer. Following Oldsmobile’s lead, carmakers such as Ford, Packard, and Cadillac transformed the American economy. But Detroit’s triumph was remarkably short-lived. The city is half the size it was fifty years ago. Two of the Big Three carmakers, General Motors and Chrysler, went bankrupt in 2009, and all of them have cut their workforces drastically. Unemployment in Detroit is at fifteen per cent; the murder rate is the fourth highest in the country; and about a third of its citizens live in poverty. An estimated seventy thousand structures—houses, churches, factories, even skyscrapers—stand empty, many of them vandalized or burned. Parts of town are being farmed. Like Bolivia, Detroit is hoping for a second chance. And both of them are looking to a treasure that could revive their fortunes, and, incidentally, lead the world to a cleaner environment. That treasure is lithium.

The lightest of any solid element, lithium has, until now, played a modest role in industry. Silvery in color, and softer than lead, it has been used mainly as an alloy of aluminum, a base for automobile grease, and in the production of glass and ceramics. It is so unstable that it is never found in its pure form in nature. Lithium floats on water—or, rather, it skitters wildly about, trailing a vapor cloud of hydrogen, until it dissolves. Oddly, given its frantically reactive nature, lithium has powerful tranquillizing effects; it has long been used as a drug to treat mood disorders, especially mania. In the nineteen-fifties, the U.S. government created a market for lithium when an isotope of the metal turned out to be useful in building thermonuclear weapons. But demand for lithium, which has corrosive qualities, along with a tendency to spontaneously ignite, otherwise languished. That suddenly changed with the proliferation of cell phones and laptop computers; lithium is ideal for making lightweight batteries. Now, with the emergence of electric cars, lithium could challenge petroleum as the dominant fuel of the future. And nearly half the world’s known resources are buried beneath vast salt flats in southwestern Bolivia, the largest of which is called the Salar de Uyuni. Bolivians have begun to speak of their country becoming “the Saudi Arabia of lithium.”

Yet it’s not clear that Bolivia is capable of making money off its trove. Morales, who is closely aligned with the populist socialism of Hugo Chávez, the President of Venezuela, is prone to revolutionary declarations: “Either capitalism dies or else Planet Earth dies.” Such rhetoric tends to scare away the kind of foreign investment that would facilitate the development of the Salar. Then there is Bolivia’s lack of infrastructure: electricity, water, and gas are sparsely distributed, and few of the country’s roads are paved. Before Bolivia can hope to exploit a twenty-first-century fuel, it must first develop the rudiments of a twentieth-century economy.

The Salar is approached from a single-lane dirt road that winds down from the Andes, twisting through bright canyons and dry plains where llamas and vicuñas graze. Flamingos high-step through shallow ponds. Until recently, glaciers covered Bolivia’s mountaintops, but global warming has caused much of the ice to recede, diminishing the country’s water supply. Just outside Uyuni, a mud-brick town perched on the perimeter of the salt flat, the scrubby landscape fills with litter, and colorful plastic shopping bags flutter in the branches of queñua trees.

Entering the town, you encounter a welcoming committee of baying dogs. The local airport has been closed for years. Uyuni, which has a population of ten thousand, is only two hundred miles from the Pacific Ocean, but for more than a century Bolivia’s access to the sea has been blocked by its historic enemy, Chile. The country is landlocked and isolated—“an island surrounded by land,” as Fernando Molina, a journalist and one of Bolivia’s best-known intellectuals, described it to me. “A third of the country is above three thousand metres, and the rest lies below, at a really strong pitch. Our capacity to transport things is terrible. The geography makes it hard to produce anything, because we can’t move it.”

Read more http://www.newyorker.com/reporting/2010/03/22/100322fa_fact_wright

Confessions of a middle-aged Ecstasy eater

Un écrivain relate comment une rencontre (al)chimique lui a permis d’échapper aux enfers. Plus enclin aux délectations de l’intellect qu’aux plaisirs des sens, l’homme ne s’ est jamais drogué. Mais, alors qu’il vit une profonde crise existentielle, son fils lui tend une pilule d’ecstasy, qu’il accepte. Dès lors, il ne sera plus jamais le même. Tel une réécriture hallucinée du livre de Job, un témoignage anonyme aux accents initiatiques dans lequel morale et raison s’entretiennent sans complaisance avec désir et folie.

Extraits

Au lecteur. Par la présente, je vous livre un compte rendu d’ un certain genre d’ une période remarquable de ma vie. D’ après mon propre usage, je crois, tout autant que j’ espère, qu’ il pourrait s’ avérer non seulement intéressant, mais aussi, dans une très large mesure, utile et instructif. C’ est dans cet espoir que j’ ai pris la peine de l’ établir, même si je me sens par avance obligé de m’ excuser de rompre l’ honorable et délicate réserve qui m’ a, jusqu’ à une période récente – lorsque certains éditeurs ont pris conscience qu’ il existait, pour la commercialisation de telles révélations, un lectorat apparemment sans limite, c’ est-à-dire un lectorat prêt à être v(i)olé –, retenu d’ exposer au public mes propres erreurs et infirmités.

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He’s a 50-year-old writer, buys drugs from his son and says they give him the best experiences of his life. By Anonymous

I am not Thomas de Quincey (or Coleridge, Baudelaire, Cocteau, Huxley, Paul Bowles, Carlos Castenada, William Burroughs, Ken Kesey or Hunter Thompson), and the harm that revealing my identity would inflict, not only upon my professional reputation but upon those whom I love, is not commensurate with the likely benefits. I am fast approaching my 50th year, and most of my adult life has been lived comfortably on the right side of the law, first as a journalist, then as a novelist, prose-poet and essayist. I am at present what I so long ago explicitly aspired to become – a man of letters.

Nothing surpasses the life of the mind. And so, if eating Ecstasy be chiefly a sensual, and so a mindless pleasure, and if I have indulged in it to excess, no less true is that I have struggled to understand my habit, if not yet with the religious zeal required properly to get shed of it. But then, perhaps I do not wish to get shed of it.

I have occasionally been asked how I became a regular Ecstasy-eater. I was aware of its reputation as the “love drug”, had heard it described as a “four-hour, full-body orgasm” and I found this intriguing, alluring and worthy of further investigation.

Which is odd, because ordinarily I would not have condescended to pay it the slightest heed. Even at university, the high times of those heady years – in my case 1969 to 1976 – I was not a user, chronic, casual or otherwise. Despite an environment in which smoking grass and dropping acid (if not yet snorting coke or shooting smack) was not only benignly accepted, but benevolently smiled upon, I deliberately chose not to indulge. Everyone – including my friends, and most of my professors – was doing it. Except me. This had nothing to do with feelings of superiority or intolerance. It had to do solely with fear. Not only was I afraid of “fucking with my mind”, I was petrified of irreparably fucking it up. I steadfastly refused to buy into the druggie/head trip/ stoner agitprop of the day. Reading The Electric Kool-Aid Acid Test or Fear And Loathing In Las Vegas, listening to Hendrix or the Doors, Cream or the Airplane was more than enough for me. Not that I was, despite my midwestern Calvinist upbringing, narrow-minded or uncurious, nor was I unhip. Simply, I was scared. Small wonder, then, how often those select few with knowledge of my current habit have remarked upon my being the “least likely person in the world” to have fallen prey to it.

Well, yes. And likewise, no. For I believe that my coming to Ecstasy goes further than mere thrill-seeking. I believe it goes to the centre of my life at the time. It was a period of personal devastation. It began with my only child, a son – he was then my best friend, from time to time still is – and I did not see it coming and it culminated in Ecstasy, and to that I see no end. He was beautiful and sensitive and extraordinarily talented, talented enough that at 13 his poetry had won the notice of university professors and New York book editors alike. So when he undertook to destroy himself, he took his mother and father with him. That was not, nor is it, his fault.

He was 13 and had neither the capacity nor context to grasp what he was doing. He attempted suicide. He ran away, serially. He purchased a handgun from a schoolfriend. He stole, sometimes from stores, more often from his parents, typically in the middle of the night. He got drunk, and when he got drunk he got violent. He verbally and physically abused his mother. He attempted to set her hair on fire. He dismantled furniture, broke china, smashed crystal and, unprovoked, punched out windows and kicked in walls. He shredded his wardrobe with scissors, every stitch of his clothing, and when he had finished, started in on his mother’s. He trashed his bedroom and graffitied what remained with every racial and sexual epithet imaginable. He slept on the floor amid rotting food, curdled milk, the mouse droppings that appeared in their wake and a rubble of plaster, drywall and broken glass.

He refused to bathe. He defecated in the yard and urinated in Coke cans which he deployed about his bedroom in pentagrams. He carved his arms with the filed-down ends of paper clips. He discovered marijuana, then cocaine. Then PCP. Then “Special K” (an animal tranquilliser he called “cat food”). He disappeared for days at a time, often into New York City where he slept in storefronts and abandoned buildings and on park benches. He was consigned first to lockdown in a private psychiatric ward, then to a special school out of state. He was counselled. He was diagnosed with a variety of acronyms: AD, ADD, ODD, ICD, possible BP. He was prescribed medication. He was now dealing as well as using drugs. His lifestyle was redolent of a vampire’s, for he lived upside-down, sleeping all day, drugging all night.

Eventually, in the course of one five-day spree, he totalled two automobiles, one his father’s, pulverising his ankle so badly in the process that it required 26 staples, 10 screws and two stainless-steel plates to reconstruct. I would not swear to the precise chronology of any of this, but to this I would: he strewed wreckage every where. In the meantime his parents’ marriage, all 20 years of it, was collapsing. My wife was and remains a beautiful, caring, generous, gifted woman. I would not hesitate to give my life for her, and though we have not lived together for years, I admire and, on some level, love her still, as I know I always shall. But sometimes that is not enough. The marriage had its long-standing problems, its rifts and fractures, and when it came under siege and then assault, the stress was too much. We lost our way, then ran aground, and then, at last, we broke.

I left. Not straight away – the break was anything but clean; it was tortured – and I never went far. I was back in and back out for years. I was at a loss as to how I could properly leave and unsure if I wished to find out. Eventually I found a place just bleak enough to mirror the way I felt, and I felt dreadful, wretched, unsalvageable. I stopped shaving, bathing, sleeping. In time, I stopped eating. (Over one three-month period I shed 40 lb.) The place was a single, windowless room scarcely larger than a tool shed, a cellar space attached to the back of an abandoned garage, and I wallowed in it, in its cobwebs and filth – alone. I began to disintegrate. I continued to write, frantically, because writing was the only way I knew to stay afloat, though looking back I cannot say whether I was writing myself out of what I sensed was an approaching madness, or writing myself more deeply into it.

The nightmares arrived on cue. Not images of hell and its hounds but waterfalls and rivers of words. No images, no meanings, just words, disconnected, decontextualised, foaming, alone. I was haemorrhaging rhymes and the metre of verbs, and each morning, 4am, 5am, I awoke unbuoyed and drenched to the bone.

Somehow, I completed the 500-page draft of a novel about, of all things, Lizzie Borden, but when I submitted it to my agent he deemed it “one of the most brilliant pieces of insanity” he had ever read, declared it utterly unmarketable, and declined to take it on. We parted company, on the heels of which my editor quit his job at a prominent New York publishing house. My marriage was dead – though I still insisted upon thinking of it as merely semi-comatose – my son still very much alive, I was agentless, editorless, apparently unpublishable, was living like a tramp and a recluse, my income close to nil, and I was going mad.

And then the unthinkable happened, or rather, two things happened. I met someone, a woman, and while I in my recalcitrant fashion followed up on that meeting so that she might eventually save me (as she eventually did), my son was becoming what is called, in the parlance, a “raver”. And he seemed for the first time in years – he was 17 by then – happy. Not giddy or euphoric, but content, at peace with himself. I do not mean to invoke images of Zen and Buddha – my son is roughly as Zen-like as Eminem – but the transformation was as striking as it was palpable. It seemed so definitive that I could not help asking him about it, and when I did, he smiled and said simply, “Uh-huh. I am.” And when I asked him why, what had happened, he smiled again and said, “Aw, you wouldn’t understand. But it’s my whole life now. I know why I’m alive.”

I remember my response. And perhaps had I responded in some other way or simply not responded at all, what was about to happen would never have happened. What I said was, “Congratulations. I’m happy for you. Really. I wish I did.” And so he turned to me and said, “Seriously?” And when I answered not only in the affirmative, but the declarative, he told me a story and made me an offer, and so was hatched yet another aspect of our relationship, an aspect that is as wholly illicit as it is morally unsavoury, and one that continues to this day.

We both know it is wrong, the arrangement, the dilemma it poses, wrong in the most intimate and unholy of ways, as we both know that neither of us cares enough about the fact to do anything about it. It is a shared shame now, and it has become, like the abiding commonness of our blood, a large and integral part of what bonds us. My son supplies me with drugs, with Ecstasy.

And so the first time I ate E – or X, or EX, or XTC, or MDMA (methylenedioxymethamphetamine) – it was having given my son permission to sell it to me. I became his customer, a buyer, a reliable and steady client, the lowest link on the food chain of the multibillion-dollar commerce that proceeds unabated every day, every hour, in every large city and small town in every state in this union, in what is called by those paid to “war” against them “controlled substances”.

I find it ironic. Because I cannot think of a single commodity in our country that is less controlled than such substances, nor a single “war” that is as pathetically futile, vaingloriously chimeric and long-ago-lost as is this one. Wrestle as you will, you cannot reform or arrest human appetite. Ecstasy is as illegal as heroin. This is just the sort of run-amok governmental lunacy guaranteed to ensure that those like myself – and more importantly, our children – will write off that same government and those who enforce its drug laws as out of touch, coercive, morally bankrupt and, yes, un-American. Because America is not, or did not used to be, about throwing 16-year-old kids in jail for – all in the spirit of free-market capitalism and entrepreneurial enterprise – home-growing a little cannabis, even as the rest of us chain-smoke our Camels, sip our Absoluts with a twist, and devour our Prozac.

Visit a rehab centre some time. You will learn two things inside that first hour. One, that there are people in this world who are more susceptible to addiction than others; there always have been, always will be, addicts. And two, that the “gateway” argument is as simplistic as it is spurious. We are not losing our kids to drugs. We have lost our kids because we haven’t the time, inclination, strength of character or political will to do the right thing in their name: to eliminate the black market that so mercilessly exploits them – and the runaway violence it spawns – by legalising, taxing and regulating the trade.

I pretend to no monopoly of wisdom on the subject. But I know something of Ecstasy. And what I know I know because I have eaten and continue to eat so much of it. I am an experienced eater of E and it is a fact of which I am neither proud nor mortified.

So here, in a word, a most sober, solemn, even a sombre word, is what I know: yum. Ecstasy is delicious. Or, put it another way, Ecstasy is delicious and I recommend highly, loudly and long that everyone whose health does not contraindicate or preclude its ingestion, ought to ingest it. Go out, I admonish you, all of you, hit the streets or collar that neighbourhood kid, drum up a contact, do a deal, repair thyselves home, soften the lights, put on some music – the best stuff – pour yourself a pitcher of ice water, perhaps two, keep a tin of Altoids handy, as well as a tube of Vicks inhalant and a couple of packs of mineral ice, make yourself comfortable, lie back and… swallow. An hour from now, perhaps less, you are going to experience something that shall forever change such time as remains to you on this earth. You are going to experience something that is, every second of it, delicious – deliciously, positively, unprecedentedly w-o-n-d-e-r-f-u-l.

It is your self-anointing, and I envy you that first time. So relish it, savour it, languish it, treasure it, that sacred four hours. You have just swallowed wonder, ambrosia and mead, you have partaken of lustre and grace. Just make certain that before you swallow you know that the pill is authentic, and not some rip-off. Do that, and the rest is a piece of cake, a piece of cake that is like no other you have ever tasted. Think of the best day of your life, or recall the sweetest, purest, most special thing along the way – person, place, moment, experience, accomplishment. Now multiply that tenfold. That does not begin to describe how impossibly delicious E is.

I am not unaware of how redolent this is of Timothy Leary’s often loopy proselytising for LSD, and its “quasi-religious” associations, but this has nothing to do with that. Ecstasy is a clarifier. It enables one to see, feel and think, if not more deeply, then certainly more clearly. The high subsides, but the lucidity lingers. In that sense, not to mention in its chemical composition, it is quite the opposite of LSD.

Ecstasy is a clarifier, but it is a personal clarifier. It is not – despite all the peace/love/unity/respect hype surrounding it – a universal one. Its lessons may be universal in their implications, but they are intended to be applied to oneself. Which is not to say that the drug does not have its social dimensions or that one ought not to do E in the company of others. Indeed I would not find it congenial to do, nor have I ever done it, alone. (As close as I ever came was on an unpeopled, night-time sidestreet in London, and it was raining, and it was one of the memorable experiences of my life – neon, glistening, menthol, veneered in layer after thickening layer of thick honey. Lovely streets, London, and lovely, so lovely, its rain.)

But better by far to do it with those one loves, and best of all with one’s one-and-only lover. And if what one takes in the broadest sense is all about human connection and empathy – E has proven highly effective in certain kinds of couples therapy – it is all the more about connecting with and feeling empathy for oneself. It is, contrary to its image as the current drug of choice among teenagers and the prevalence of its use at their “raves”, the most intimate of drugs.

I did it my first time with the woman who saved me. It was her first time as well. We were, as zero hour approached, visibly apprehensive, an attitude, I think, that is only sane. We had cleared our schedules, switched off the phones, and we were in her home, just the two of us, in our bathrobes, in the living room, on the couch. Van was on the stereo, Astral Weeks, Moondance, Common One, The Best of: Volume One. A fire was roaring in the fireplace. The lamp was turned down low. It was mid-evening, and we had ready, as my son had taken care to instruct us, our pair of tumblers and pitchers of iced-down spring water. E increases body temperature and heart rate and elevates blood pressure, so drinking water – not beer, not liquor – is pro forma as one rolls along. And one wishes to drink, because E causes dehydration – one of its most immediate side-effects is a dry mouth. With much mutually nervous, serio-comic, ceremonial chit-chat, then, we each popped our pill, swallowed, waited, and – nothing.

We locked eyes. We still were alive. I think we were only half-amazed. I know we were relieved. Van was still belting as only Van can. It takes a while for Ecstasy to kick in – and then the world around you billows open like an eye and you are lifted and taken – coronaed, crowned, spangled and lantern-lit, your smiling face flambeaued as by a thousand chandeliers.

One of the most discernible early effects – it happened that first time, though often it does not – is what I have heard described as “fluttery” vision. This phenomenon is as close to an hallucinatory quality as E produces, and it is so mild – and weirdly pleasant – that to label it as such is frankly inaccurate. When it happened to us, we looked at one another, smiled, and virtually in unison commented on it. Cool. Images remain intact, they just move a little, as if jagged were a verb, within the texture of their own lines. These striations are very unthreatening, and very, well, cool. And then suddenly Van was singing waaaaay over there, and then waaaaay inside the very pith of my brain, yet way outside and all around as well. And that also was. Cool.

What happened next was that everything and all at once, while clearly remaining itself, was transfigured, transmogrified, a new self, a simultaneously deeper and higher, older and newer self – smoother and softer and rounder. The world was suddenly guilt- and worry- and wrinkle-free, palpably, beautifully buoyant – visually, texturally, aurally – transcendently right and glorious and divine. Whatever beautiful thing one can imagine, it is that much more beautiful on E. And so we looked at one another and felt one another, with our fingers and our lips and our tongues, indeed with the whole of our new-found faces, this plumbing of the new map of our bodies – new softer hair, new smoother flesh, new pinker, fresher, more fragrant, shimmering, altogether fluffier genitalia – and we smelled and tasted one another – she smelled of burst peaches and tasted as the recent salts of pearls – because sense of smell and taste is no less honed and heightened than the other senses.

We bathed in one another, each of our five senses, 10 in all, because that commingling is what had taken place, its rhapsody, and humanity, and caress. And we looked to one another exactly as we felt and smelled and tasted: rapturous, heavenly, transcendent, numinous, aglow. She a resplendent, bejewelled goddess, I a radiant god. Later, I got up, walked to the bathroom – walking on E is no more difficult than walking on water or floating on air – and looked in the mirror. I wanted to see what I looked like – I am just vain enough that the thought occurred to me even in the midst of the roll – though I already had seen reflected in my lover’s eyes that I looked sufficiently, there is no other word, gorgeous. (If I looked half as gorgeous as she did to me I reckoned I was in for a treat.) And the person I saw looking back at me was gorgeous, but gorgeous in a way that floored almost as much as it thrilled me.

Here, now, as I stared grinning in astonishment, I looked 28. And not some 50-year-old version of myself at 28, but me the way I was back then. I moved closer, peered harder. I could scarcely believe it. I had recaptured myself. Dorian Gray. Fountain of Youth. Spontaneous regeneration. Somehow I had been restored, and I felt what I can only describe as an all-consuming nostalgia for the present.

And then, after helping each other off with our bathrobes, our old, nubby, cotton-twill bathrobes – suddenly spun of the finest cashmere and angelica, these clouds of talcum and down – we embraced, and kissed, and she whispered in my ear: “We’ve found fucking gold.”

It distinctly was not an out-of-the-body experience, as it was not a mind-expanding one. It distinctly was a further-into-the-body experience, and a mind- clarifying one. An excavation of the self. An exhumation of the other.

And so we did. For four hours we dug, sinking further into each other, as likewise into ourselves, and eventually, after four hours of mutually synchronised digging, that felt exactly like 40 minutes, we found it. Only it wasn’t gold. It was something far better. It was sex, the very EX in sex- and the climb and climax of sex- as revelation. And as soul.

So maybe Ecstasy does have something to do with religion, although the word spirit seems to me a more felicitous fit, because the peace one feels, and the insights one gains – epiphanies may be a better word – are no less than oceanic. You know, that you contain oceans and that those oceans are filled with beauty and grace and light and love and that they are yours to share as it may please and delight you. But there is a cost and that cost is high. It is as expensive as it is extravagant. The simple truth is, when you eat Ecstasy, you are deliberately messing with your mind, or more accurately your brain, or more accurately still your brain chemistry. You are releasing, in a rush, as a deluge – and that rush is unnatural in the sense that had God intended you to experience it, it would not require a flock of white-coated “cookers” in a clandestine laboratory somewhere in Holland or Israel or France to design and customise a pill for you to do so, nor would the delivery and distribution of those pills so lavishly profit the Mob – you are, as I say, triggering a veritable tsunami of serotonin, the human body’s pleasure juice, that in turn floods in the most sensory, sentient way your consciousness, which in turn turns everything “gold”, or rather, golden.

And in the wake of that rush – not the day after perhaps, when you are still basking, deliciously exhausted in its afterglow but the day after that, or the next, or the next, what I have heard described as “Black Tuesday” – you run the risk not only of emotionally crashing, but of feeling so rawly depleted, that you are tempted to pledge: “I have never felt this awful in my life, as empty, hollowed, flat, so soulless and lost to myself, so amputated, so emotionally exsanguinated, and I shall never, not ever, do this again.” And also, “Whatever was I thinking?”

My advice, for what it is worth: wait a minimum of four weeks, the time purportedly required for one’s serotonin to refill its reservoir and your thoughts and feelings to sort themselves through and get up and running again, before repeating the performance. Do it more often than that, get too greedy, and the upshot is “E-tardism” – a trimming down, clipping-off and curbing of the drug’s effects, not to mention possible long-term damage to the serotonergic nerve grid of the brain, damage of the sort that may leave you so addled, you will find it not only a full-time challenge to control your own drool, but to recall that words are composed of letters and that each represents an actual sound, one intended to be pronounced aloud. So: moderation in all things, even things that are excessively restorative, for on occasion, cures do kill.

But here is the Catch-22 which must inevitably be grappled with. What one thinks – if one stops to think about it – is precisely this: “What is a mind, if not something to be messed with? What is consciousness, if not a state to be altered?” If it helps to substitute for the phrase “messed with” the word “clarified” or “purified” or “alchemised” or “beautified” or “beatified” then perhaps my meaning is taken. A mind is a terrible thing to waste, and there is much being wasted when one deliberately chooses not to explore the ecstasy of its deeper horizons.

Perhaps there are those who feel that they are blessed with a sufficiency of ecstasy in their daily lives. Perhaps there are those who feel that such ecstasy, because it is “unnatural”, induced artificially, chemically, “under the influence”, cannot possibly be “existentially authentic”, and must therefore be false, a fraud. Perhaps there are those who suspect that the disparity is too great, that having experienced such ecstasy, they will find it too daunting to endure the rigours and asperities of a mundane, often overwhelmingly corrupt and ugly world. Perhaps there are those who feel that such ecstasy cannot be reconciled with their religious, political, philosophical or domestic agendas, that it threatens or violates the very essence of that in which they are so wholly invested. Perhaps there are those who are reluctant to risk engaging in what our culture defines as socially unacceptable, even legally trangressive behaviour. Perhaps there are those who are afraid of footing the physical and emotional toll, or of becoming psychologically addicted. And perhaps there are those who simply, unapologetically, are flat-out scared. Scared of beauty. And of bliss.

There are such people, and they have every right to their feelings and beliefs. I know, because I was, for most of my life, one of them.

I am not one of them any more. I am not one of anything. I am, trite as it may sound, simply me, and here lately, that is more than enough. It is plenty. And there is something else, a secret: there are times, once a month, sometimes more or less, when the truth of that makes me, well, ecstatic.

My son? He is 19 now, and in his spare time – having some months ago kicked the Ecstasy habit himself – he spins mixes at raves, and this fall he is entering college, quite a reputable college, as a psychology major. And he is writing poetry again. More brilliant than ever. Minor triumphs, perhaps. Still, it does make one wonder. Would he have made it back intact without E? Would he have arrived at that which all of us deserve and so few manage to find, his chance for happiness? And it makes one wonder, too, about what they say: better living through chemistry.

ABC of XTC
Sarah Boseley, health editor
Over 80 deaths in the UK have been directly attributed to Ecstasy, usually from heatstroke, over-hydration after drinking water, or heart failure, rather than immediate toxicity of the drug. Recent studies have suggested, however, that Es may be doing damage to brain cells of all users, permanently affecting parts related to thought and memory.

MDMA (3, 4 methylenedioxymethamphetamine) is a synthetic drug which has the stimulant properties of amphetamines. Brain imaging shows that it affects neurons that use the chemical serotonin to communicate with other neurons. The serotonin system plays a big part in regulating moods, aggression, sexual activity, sleep and sensitivity to pain.

Physical side-effects include muscle tension, involuntary teeth clenching, nausea, blurred vision, rapid eye move- ment, faintness, and chills or sweating. Psychological effects can be confusion, anxiety, depression and sleep problems. Some people need three or four days of sleep to recover.

Long-term effects are not yet certain, but there are increasing fears they may include chronic depression and memory loss. One study in primates showed that four days’ exposure to MDMA resulted in brain damage that was still discernible seven years later.

Ecstasy, combined with hyperactive dancing and a hot and humid club atmosphere, can lead to overheating. A rise in body temperature to above 40C leads to dilated pupils, convulsions, very low blood pressure and accelerated heart rate and potentially death by respiratory collapse. At least three deaths have been put down to excessive water drinking to try to cool down. Ecstasy appears to prevent the kidneys getting rid of fluids, which are then retained in cells, including those in the brain, forcing the main organs to shut down.

© Anonymous, 2001. The views expressed in this article are those of the author and do not reflect Guardian editorial policy. This piece appears in full in the new issue of Granta magazine, “Confessions of a Middle-Aged Ecstasy Eater”, available now in bookshops for £8.99 – or free to new Granta subscribers: Guardian readers can subscribe to Granta for just £24.95 for one year (30% off), and get “Confessions” free. Details from FreeCall 004 033, or subs@granta.com. Ecstasy is a class A drug accruing the following penalties for production, supplying or offering, for possession and for possession with intent to supply – life, or seven years, or a fine, or a fine and imprisonment.

 

http://www.granta.com

la Elite femenina de la clase política española – Andrea, Esperanza and Co

Nacida en 1974 .Hija mayor de Carlos Fabra. y de Amparo Fernández Blanes, ex mujer de su padre..Licenciada en Derecho. Desde el 2001 hasta su designación como senadora territorial ha sido Gerente de Relaciones Internacionales de Telefónica  por el procedimiento digital gracias a los buenos oficios de Arturo Moreno, uno de los máximos implicados en el denominado Caso Naseiro. Está casada con  Juan José Güemes, actual Consejero de Sanidad en el Gobierno de Esperanza Aguirre.Es madre de dos niños.Andrea es militante del PP desde 1990, cuando entró a formar parte de Nuevas Generaciones. En el año 2000  con su padre a la cabeza pasa a ocupar una silla en la ejecutiva provincial del PP de Castellón. Se encuentra imputada en uno de los procesos judiciales abierto a su padre

Andrea Fabra, Diputada PP, aplaudiendo y gritando “Qué se jodan” cuando Rajoy anuncia el recorte en desempleo.

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Esperanza Aguirre Gil de Biedma, condesa de Murillo y grande de España (Madrid; 3 de enero de 1952) es una política española, perteneciente al Partido Popular, cuya organización de Madrid preside desde el 2004. Abogado y Técnico de Información y Turismo del Estado, ha sido Ministra de Educación y Ciencia (1996-1999), Presidenta del Senado de España (1999-2002) y de la Comunidad de Madrid (2003 – ). Es la primera y única mujer que ha ostentado la presidencia del Senado y la primera presidenta autonómica electa de la historia de España.

Perteneció desde muy joven al Club Liberal de Madrid, que presidía el catedrático de Historia de las Doctrinas Económicas de la Universidad Complutense, Pedro Schwartz. Este último, impulsor de Unión Liberal y por entonces uno de los escasos representantes del liberalismo clásico en España, propició la entrada en política de Aguirre de la mano de este partido, en 1983. A partir de entonces, toda su trayectoria política se ha postulado como promotora de posiciones liberales.

Por su parte, oponentes políticos la encuadran dentro de las tendencias más conservadoras del Partido Popular.

http://esperanzahaciendocosas.tumblr.com/

¿Masivo? ¿Ah sí? Más de mil. ¡Ajá! No, yo había oído 20.000 y me sigue pareciendo modesto. Tenga usted en cuenta que pa (sic) salir concejal en el Ayuntamiento de Madrid hay que llenar tres veces el Bernabéu de personas diferentes”

http://www.cadenaser.com/espana/audios/aguirre-ironiza-apoyo-recibido-madrid-mineros-masivo-ah-habia-oido-20000-personas-sigue-pareciendo-modesto/csrcsrpor/20120711csrcsrnac_6/Aes/

La elite de la política española será RUBIA o no será ! … mejor que no sea.

Marcha negra de los mineros

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/07/09/album/1341843993_084762.html#1341843993_084762_1341847360

Goldman Sachs acumula carbón colombiano en Asturias

La operación especulativa del grupo de banca de inversión pasa por vender miles de toneladas en el mercado de futuros para obtener un beneficio astronómico

El grupo Goldman Sachs (uno de los principales nombres del mundo en la banca de inversión y valores, eso que se llama los mercados) almacena en el puerto asturiano de El Musel, situado en Gijón, centenares de miles de toneladas de carbón colombiano pagado al contado y que pretende vender en el mercado de futuros, una operación especulativa con la que espera obtener un beneficio astronómico.

A día de ayer, el carbón se pagaba en Europa a 89,40 dólares por tonelada; mientras que los futuros sobre el mineral eran estos: 90, a un mes; 90,25, a dos meses; 91,85, para el último trimestre; y 97 dólares por tonelada a un año. Es evidente que los mercados prevén una tendencia alcista (también en EEUU), por lo que la empresa neoyorquina se asegura un buen negocio con sus reservas en Gijón. Especialmente porque el precio en América es mucho más barato: 61,35 dólares por tonelada ahora y 72,6 a un año.

El diario asturiano La Nueva España desveló hace días una operación cerrada por la dirección del puerto, que consiste en hacer acopio de mineral en los diques gijoneses. Según el periódico, ya se han descargado 156.300 toneladas llegadas a Gijón desde Puerto Bolívar en el buque Rugia y se espera la llegada de otro flete similar. Incluso, están sobre la mesa otros dos envíos de carbón que elevarían a 600.000 toneladas el material total almacenado al final en tierras gijonesas.

Pero esta segunda remesa debe ser autorizada por el equipo directivo del puerto y ahí ha surgido una complicación, ya que tanto la Presidencia como el Consejo de Administración de la Autoridad Portuaria han sido renovados tras la victoria del PSOE en las elecciones autonómicas del pasado mes de marzo. “No puedo apoyar una operación especulativa como ésta cuando mis paisanos están haciendo a pie 400 kilómetros para luchar por un sector del que depende mi tierra”, dice a Público.es un consejero del puerto nacido en Langreo, en la cuenca del Nalón.

El equipo nombrado por el conservador Francisco Álvarez-Cascos negoció el almacenamiento del carbón colombiano y dejó en el aire la segunda mitad de la operación, que ahora debe ser confirmada por el equipo del socialista Javier Fernández. Autorizar una operación como ésta crea serios problemas a los consejeros representantes del Principado, más cercanos ideológicamente a los sindicalistas de UGT y CCOO que han organizado la marcha minera a Madrid.

Un secreto a voces

La convivencia de carbón importado con mineral autóctono es habitual en Asturias (y en todas las zonas mineras de España, de hecho) y está detrás de un fraude que es la bestia negra de muchos de sus habitantes. Se trata de que las extractoras hacen pasar por carbón nacional (que las térmicas deben pagar a un precio fijado por ley con criterios políticos, para ayudar a sostener las comarcas que dependen de la actividad minera) material adquirido a bajo coste en el mercado internacional.

En los años noventa, una tonelada de carbón español se pagaba hasta tres veces más caro de lo que costaba comprarlo fuera y ponerlo en Asturias (incluidos, el flete, la descarga, el almacenamiento y todos los demás gastos), lo que convertía la operación en un negocio redondo… Negocio redondo e ilegal, por lo que es imposible calcular cuántas toneladas se introdujeron ilícitamente en ese mercado. Baste con saber que el carbón se negocia en centenares de miles de toneladas y que estas operaciones fueron durante mucho tiempo un secreto a voces en el sector. “El carbón sigue siendo un buen negocio”, afirma un exdirector general de Minas del Gobierno Autonómico.

Pero de ese fraude hay que hablar en pasado porque la reducción de las plantillas en la minería del carbón y otras medidas de rebaja de gastos han situado el precio del carbón español a un nivel en que el fraude ya no es tan rentable; máxime desde que aumentó la vigilancia para evitar el delito, un éxito que está en el haber de los poderosos sindicatos mineros SOMA (una federación de UGT) y CCOO. En el debe, las centrales tienen su férreo control de la política asturiana, su gestión caprichosa de las subvenciones estatales y europeas y algunos episodios oscuros de sus dirigentes (enriquecidos escandalosamente a la sombra de la lucha obrera).

El magnate español de las minas

La otra cara de esa moneda del ingente caudal de dinero que se mueve en la minería del carbón está en el empresariado. Y en este sentido hay que citar dos nombres: la sociedad anónima Hulleras del Norte (Hunosa, de capital público) y el ingeniero Victorino Alonso, presidente de la patronal Carbounión y propietario de la mayoría de las minas de España.

¿Cómo puede un solo señor de 59 años acumular tanto dinero como para ser, de lejos, el primer empresario de carbón del país cuando era insolvente hace tres décadas? Es una pregunta que nadie sabe responder. Ni siquiera la Justicia, que le ha investigado varias veces en las instancias más altas del país y de su tierra (incluidos, el Tribunal Superior de Castilla y León -Alonso es leonés- y el Tribunal Supremo).

El caso es que Victorino Alonso es propietario de una telaraña de empresas -los jueces han conseguido acreditar catorce, pero seguro que son más- entre las que figuran Unión Minera del Norte (UMINSA) y Coto Minero Cantábrico, las dos primeras compañías españolas del sector. Alonso tiene dos líneas argumentales que esgrime continuamente: por una parte, responde que no sabe cuando se le pregunta de dónde procede su dinero (y lo hace incluso en los tribunales) y retiene la nómina de sus trabajadores cuando el Estado le retrasa las ayudas que percibe.

Así las cosas, en la protesta minera que hoy llega a Madrid se juega con el futuro de mucha gente: miles de mineros; centenares de miles de habitantes de las comarcas carboneras de Asturias, León, Palencia, Teruel, etcétera; decenas de miles de comerciantes cuyas ventas caerían a cero si se elimina el sector… y un ingeniero leonés llamado Victorino Alonso, al que jamás se le ha visto con una pancarta.

Un conocido analista político asturiano resume así la situación: “A día de hoy, los mineros ya han perdido su salario y puede que, en unos meses, no tengan empleo; pero habrá quien siga ganando dinero con el carbón que extrajeron ellos”.

http://elpais.com/ccaa/2012/07/11/madrid/1341991064_892508.html

Grabación de la protesta difundida por Interior.

Y una bronca a la cabrona de la Comunidad de Madrid, en esperas de que, para las proxímas elecciones, se logren los 3 Barnabéus que hacen falta para echarle

http://www.cadenaser.com/espana/audios/aguirre-ironiza-apoyo-recibido-madrid-mineros-masivo-ah-habia-oido-20000-personas-sigue-pareciendo-modesto/csrcsrpor/20120711csrcsrnac_6/Aes/

LA SPIAGGIA – CESARE PAVESE

Cesare Pavese

Nace el 9 de septiembre de 1908 en S. Stefano Belbo (Cúneo) y es el último de cinco hijos de una familia pequeño burguesa de origen campesino. Cuando sólo tiene seis años, su padre muere. Cursa estudios en Turín y, entre sus profesores de la escuela media superior, cabe señalar a Augusto Monti, figura de relieve del ambiente antifascista de la ciudad, amigo de Piero Gobetti y Antonio Gramsci. En 1932 se licencia en letras con una tesis sobre Walt Whitman; en esa misma época, empieza su actividad de traductor con “Moby Dick” de Melville y “La risa negra” de Sherwood Anderson para la editorial Frassinelli. En 1934 es nombrado director de la revista “Cultura”. En mayo de 1935 es detenido por motivos políticos y es confinado en Brancaleone Calabro. En 1936 regresa a Turín y publica el libro de poesía “Lavorare stanca”. Durante la guerra, se refugia con su hermana en Serralunga y, cuando aquélla termina, se inscribe en el Partido Comunista Italiano (PCI); en 1945, publica “I dialoghi col compagno” en el diario “L’Unità”. De su obra posterior destacan las siguientes novelas: “De tu tierra” (1941), “La playa” (1942), “El camarada” (1947), “La casa in collina” (1948), “El bello verano” (1949) y “La luna y las fogatas” (1950); también cabe recordar el atípico “Diálogos con Leucó˜” (1947), las poesías de “Verrà la morte ed avrà i tuoi occhi” (1951) y el diario “El oficio de vivir ” (1952). Víctima de repetidas crisis depresivas, Cesare Pavese se suicida el 27 de agosto de 1950 en un hotel de Turín, ingiriendo doce sobres de somníferos.

“Da parecchio tempo eravamo intesi con l’amico Doro che sarei stato ospite suo. A Doro volevo un gran bene, equando lui per sposarsi andò a stare a Genova ci feci una mezza malattia. Quando gli scrissi per rifiutare di assistere allenozze, ricevetti una risposta asciutta e baldanzosa dove mi spiegava che, se i soldi non devono neanche servire astabilirsi nella città che piace alla moglie, allora non si capisce più a che cosa devano servire. Poi, un bel giorno, di passaggio a Genova, mi presentai in casa sue e facemmo la pace. Mi riuscì molto simpatica la moglie, una monella chemi disse graziosamente di chiamarla Clelia e ci lasciò soli quel tanto ch’era giusto, e quando alla sera ci ricomparveinnanzi per uscire con noi, era diventata un’incantevole signora cui, se non fossi stato io, avrei baciato la mano.Diverse volte in quell’anno capitai a Genova e sempre andavo a trovarli. Di rado erano soli, e Doro con la suadisinvoltura pareva benissimo trapiantato nell’ambiente della moglie. O dovrei dire piuttosto ch’era l’ambiente dellamoglie che aveva riconosciuto in lui il suo uomo e Doro li lasciava fare, noncurante e innamorato. Di tanto in tanto prendevano il treno, lui e Clelia, e facevano un viaggio, una specie di viaggio di nozze intermittente, che durò quasi unanno. Ma avevano il buon gusto di accennarne appena. Io, che conoscevo Doro, ero lieto di questo silenzio, ma ancheinvidioso: Doro è di quelli che la felicità rende taciturni, e a ritrovarlo sempre pacato e intento a Clelia, capivo quantodoveva godersi la nuova vita. Fu anzi Clelia che, quand’ebbe con me un po’ di confidenza, mi disse, un giorno che Doroci lasciò soli: “Oh sì, è contento” e mi fissò con un sorriso furtivo e incontenibile.Avevano una villetta in Riviera e sovente il viaggetto lo facevano là. Era quella la villa dove avrei dovuto esser ospite. Ma in quella prima estate il lavoro mi portò altrove, e poi devo dire che provavo un certo imbarazzo all’idead’intrudermi nella loro intimità. D’altra parte, vederli, come sempre li vedevo, nella loro cerchia genovese, passaretrafelato di chiacchiera in chiacchiera, subire il giro delle loro serate per me indifferenti, e fare in sostanza tutto unviaggio per scambiare un’occhiata con lui o due parole con Clelia, non valeva troppo la pena. Cominciai a diradare lemie scappate, e divenni scrittore di lettere – biglietti d’auguri e qualche cicalata ogni tanto, che sostituivano alla megliola mia antica consuetudine con Doro. A volte era Clelia che mi rispondeva – una rapida calligrafia snodata e amabilinotizie scelte con intelligenza fra la cangiante congerie dei pensieri e dei fatti di un’altra vita e di un altro mondo. Maavevo l’impressione che fosse proprio Doro che, svogliato, lasciava a Clelia quell’incarico, e mi dispiacque e, senzanemmeno provare grandi vampe di gelosia, mi staccai da loro dell’altro. Nello spazio di un anno scrissi forse ancora trevolte, ed ebbi un inverno una visita fugace di Doro che per un giorno non mi lasciò un’ora sola e mi parlò dei suoi affari- veniva per questo – ma anche delle vecchie cose che c’interessavano entrambi. Mi parve più espansivo di una volta eciò, dopo tanto distacco, era logico. Mi rinnovò l’invito a passare una vacanza con loro nella villa. Gli dissi cheaccettavo, a patto però di vivere per conto mio in un albergo e trovarmi con loro soltanto quando ne avessimo voglia.“Va bene” disse Doro, ridendo. “Fa’ come vuoi. Non vogliamo mangiarti.” Poi per quasi un altr’anno non ebbi notizie e,venuta la stagione del mare, per caso mi trovai libero e senza una meta. Toccò allora a me scrivere se mi volevano. Mirispose un telegramma di Doro: “Non muoverti. Vengo io”

Aristegui : noticias desde México – cuando la libertad de expresión se encarcela – Sanjuana Martínez

Os compartía, hace unos días, un artículo de David Gramm “chronique d’un meutre annoncé” sobre la corrupción en Guatemala; el artículo mencionaba a Carlos Castresana Fernández, fiscal del Tribunal Supremo de España y ex director de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala de la ONU, ex marido de la protogonista, periodista, que este domingo fue detenida en México ,bajo supuesto motivos civiles acerca de su divorcio con el mecionado Carlos Castresana (divorcio solicitado por parte de Sanjuana Martínez por violencias familiares),  pero el motivo real se centra en el valor de expresar su opinión sobre los acontecimientos que suceden en su país.

Que viva México LIBRE !!!


Liberan a la periodista Sanjuana Martínez :La comunicadora fue detenida el jueves pasado supuestamente por un proceso legal con su ex marido, el juez español Carlos Castresana Fernández

(http://aristeguinoticias.com/liberan-a-la-periodista-sanjuana-martinez/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=liberan-a-la-periodista-sanjuana-martinez)

SANJUANA MARTÍNEZ. FOTO: CUARTOSCURO.COM

La periodista Sanjuana Martínez, quien fue detenida el jueves pasado en Nuevo León debido a un “juicio de convivencia” con su ex marido, el juez español Carlos Castresana Fernández, salió libre luego de pasar 24 horas en prisión.

El asunto legal entre la comunicadora y su ex esposo se centra en la custodia de sus hijos y, por ser materia civil, no ameritaba una condena penal, por lo que Sanjuana Martínez fue liberada.

De acuerdo con el portal Sin Embargo, la periodista fue detenida ”sin decirle el motivo del arresto y sin mostrarle una orden de aprehensión los policías la trasladaron a un lugar de confinamiento” y según el diario La Jornada, la detención habría sido ordenada por la jueza Luz María Guerrero Delgado como consecuencia de trabajos periodísticos realizados por Martínez.

En ese mismo diario, Martínez publicó este domingo un relato de su detención, titulado “El precio de denunciar”, en el que detalla cómo entró a su domicilio la policía y la juez Luz María Guerrero Delgado:

Quieren romper la puerta de mi habitación a patadas: No rompan la puerta, les grito. Abro y veo a la juez Luz María Guerrero Delgado de Leija, titular del juzgado 15 oral en materia familiar. Está acompañada de policías encapuchados con armas largas con uniforme de Fuerza Civil, la policía estatal de Nuevo León. Su secretaria, Ana Cristina Sepúlveda Martínez, que en su momento me solicitó dinero para agilizar mi expediente, la acompaña. También están otros dos secretarios de su juzgado, uno de ellos lleva una cámara de video y está grabando la acción. Les grito: ¿Cómo se atreven a entrar a mi casa? ¿Con qué derecho? ¿Dónde está la orden de cateo, de detención? Usted, es una juez corrupta. Ayer la denuncié ante el Consejo de la Judicatura. Es una protectora de agresores. Reincidente. Usted ya fue denunciada ante la ONU. Ustedes dos son unas corruptas”.

Me sacan de mi casa policías con armas largas. De pronto veo a lo lejos a mi ex marido Carlos Castresana Fernández, fiscal del Tribunal Supremo de España y ex director de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala de la ONU, conferencista y especialista en violencia de género. Tiene una sonrisa de satisfacción. ¿Qué está haciendo aquí?, pienso. ¿Cómo es posible? Lo denuncié por violencia familiar ante la agencia de Justicia Familiar de la procuraduría y el Copavide (Centro de Orientación, Protección y Apoyo a las Víctimas del Delito). De hecho, el Ministerio Público autorizó una orden de restricción. Se supone que no debe acercarse a nosotros, es un hombre violento. Está acompañado por sus abogados del despacho de Manuel Alí Jezzini Martínez, ex director de averiguaciones previas de la Procuraduría de Justicia de Nuevo León y ahora defensor de narcos del cártel de Sinaloa, entre otros ilustres clientes.

La mujer policía que me conduce a la calle me hace daño en el brazo. Al salir, veo que va llegando María del Mar Álvarez, amiga y abogada de derechos humanos de Cadhac. Ella fue secuestrada por la misma juez cuando era directora de Alternativas Pacíficas.

http://www.sinembargo.mx/05-07-2012/287251

http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2012/07/05/13371376-detienen-en-aparatoso-operativo-a-periodista-sanjuana-martinez-en-monterrey/?searchterm=Sanjuana

http://www.jornada.unam.mx/2012/07/08/opinion/015a1pol

Señor dueño de club nocturno busca a Señora hidroeléctrica

¿Adónde va un empresario del sexo
en la saqueada selva del Brasil?

Una crónica de Felipe Milanez Brasil. Periodista y cientista político. Escribe sobre la Amazonía y la problemática indígena para las revistas National Geographic, GQ, Rolling Stone y Carta Capital. Vive en Sao Paulo.

Alguna vez la policía lo arrestó acusándolo de administrar prostitución infantil, me cuenta Adão Rodrigues, pero dice que pudo probar su inocencia. Luce como un gaucho cuarentón en medio de la selva del Brasil: su familia es de Rio Grande do Sul, muy cerca de la frontera con Argentina, y él usa botas, sombrero y bigote de gaucho. Hoy, una tarde de abril de 2011, se está mudando con su esposa y sus hijos desde Porto Velho, en el estado norteño de Rondonia, hasta la hidroeléctrica de Belo Monte, en el río Xingú, estado brasileño de Pará. El sol de la jungla de las dos de la tarde golpea al camión cargado y a la camioneta donde viaja. Antes ha trabajado en al menos otras doce centrales hidroeléctricas. El gaucho se presenta ante mí como un barrageiro, un constructor de represas, obras gigantescas en rincones apartados adonde los obreros deben trasladarse por un tiempo y luego marcharse. Pero Adão Rodrigues no es soldador ni cargador ni ingeniero: es el dueño de discotecas ambulantes. Un empresario vagabundo que provee de diversión nocturna a los hombres rudos que trabajan en las hidroeléctricas, algo parecido a Pantaleón Pantoja, el personaje de la novela de Vargas Llosa cuyo trabajo era proveer de prostitutas a los soldados del ejército en la Amazonía del Perú. Sólo que él no recibe órdenes y para él es un gran negocio, como para todos los emprendedores del sur que viajan al norte buscando riqueza. Su próximo destino itinerante, al este, es la represa de Belo Monte, entre las ciudades de Altamira y Vitória do Xingu, adonde Adão Rodrigues llegará a inaugurar una discoteca con mujeres que bailen, beban y vendan sexo a los trabajadores de la construcción. Cree que será más sofisticada que su disco La Copa Sucia, el prostíbulo decadente que abandona ahora a unos kilómetros selva adentro de donde me encuentro con él cuando está a punto de partir. Esta vez no será una mudanza de rutina: es un viaje a la tercera hidroeléctrica más grande del mundo, después de la de Tres gargantas en China y la de Itaipú entre Brasil y Paraguay, una inversión mastodóntica donde este empresario ambulante de clubes nocturnos desea quedarse más tiempo.

Adão Rodrigues dice tener un don para los negocios, pero también cierta ética. Dice que no bebe y que no soporta un cigarrillo cerca de él. Dice que lo que en verdad le gusta es vender. Dice que tiene el don de saber tratar a sus clientes, los funcionarios y obreros de las hidroeléctricas, y a las mujeres que vienen a trabajar en su discoteca. «No se puede llevar a cualquier mujer a trabajar a un club nocturno. Después resulta que tiene diecisiete, y vas a parar a la cárcel». Dice que les exige documentos, que se asegura de que no tengan vicios porque eso puede estropear su establecimiento. Dice que cuando su hijo empezó a usar drogas lo echó de la casa y que gracias a Dios hoy es un soldador, igual que una vez lo fue él. Insiste en que él no tiene vicios, pero admite que le gustan las mujeres: «Sólo eso es cierto», me dice mientras come una costilla de res. También reconoce que tiene enemigos —«hasta Jesucristo los tenía», me recuerda—, pero que con todo es feliz y que ha ayudado a otra gente a volver a sus ciudades y que les ha dado de comer cuando no tenían cómo. Dice que cuando lo arrestaron a él y a su esposa, sospechando que prostituían a niñas, llegaron cien policías a su discoteca. Y que tuvo que contratar al abogado más ruin de Porto Velho para que lo defendiera del lío. Dice que la denuncia la puso uno de sus enemigos, alguien que ya lo había amenazado una vez y que le había prometido que lo iba a perjudicar. Las empresas hidroeléctricas también dicen que su negocio es sostenible. Lo que no dicen es que así sea la vida de quienes la construyen. Menos de las comunidades indígenas que viven alrededor.

El empresario ambulante de clubes nocturnos había viajado a Porto Velho tras leer en el periódico la noticia de una nueva central hidroeléctrica. Así se enteró de su futuro. Estaba trabajando en otra represa y tenía la ambición de ganar un millón de reales, algo más de medio millón de dólares, así que con eso en mente vino a la presa de Jirau. Aquí, en el norte brasileño, aislado en el medio de la nada, lograba ganar veinticinco mil dólares «limpios» en un mes. Hoy, antes de dirigirse a la hidroeléctrica de Belo Monte, Adão Rodrigues, el barrageiro que dice llevar un cuarto de millon de dólares en la bolsa, me cuenta su pasado. La historia de su familia. Adão Rodrigues es casado y tiene un hijo y una hija con la misma mujer, Fatima Triques. En 1999, cuando la conoció, ella trabajaba para una compañía de comida en el estado sureño de Santa Catarina. «Esta es buena hora para cambiar», recuerda que dijo, y se ríe: «Era muy bonita y una buena empleada». Se enamoró. Adão Rodrigues es un hombre de propósitos. Suele conseguir lo que se propone. «Como no querían aceptar su renuncia para que viniera conmigo a la Amazonia, tuve que ir hasta allá», me dice romántico y heroico. Según él, les puso dinero sobre la mesa a los jefes de ella para que la dejaran ir. «Todo lo que pasamos daría para un gran libro», me dice su esposa durante la mudanza. Lo que merecería no un libro sino un festival de cine, entre épico y policial, es la historia cultural y económica detrás de la inauguración de cada represa.

Igual que Adão Rodrigues, en Brasil hay miles buscando noticias de la próxima central hidroeléctrica en el país. Jacy Paraná era una ciudad del noroeste de cuatro mil habitantes antes de que empezara la construcción de la represa de Jirau, donde conocí al barrageiro de las discotecas. Hoy viven allí veinte mil personas, gente como el gaucho de la selva que llegó para ganar dinero. La obra concede miles de trabajos temporales, pero deja depredados los pueblos de alrededor. Construir la futura central hidroeléctrica de Belo Monte secará partes del río Xingú, anegará enormes porciones de tierra, extinguirá especies de peces que alimentan a las comunidades indígenas de los alrededores y destruirá la selva virgen. Una central hidroeléctrica desvía el curso natural de un río y hace pasar el agua por una turbina para producir electricidad. Para eso se necesitan las presas, que contienen el río antes de hacerlo caer para generar energía. Ninguna central hidroeléctrica funciona si el agua no se mueve. La naturaleza de cualquier represa es la de alterar la naturaleza. La del agua y la de miles de personas. Cuando ves a Adão Rodrigues mudarse, también ves su club nocturno destruido. En su época de auge, tenía piscina, área de ocio, cuatro mesas de billar, dieciséis apartamentos, una churrasquería y un salón de baile. El barrageiro dice que una vez contó a seiscientos hombres allí adentro. La llamaban Usina do Amor. Para él, sus empresas son oasis necesarios en medio de la zona de trabajo. «Hay mucha gente soltera que viene para acá, y qué van a hacer —se pregunta en voz alta—. Van a buscar un área de relajo con mujeres». Dice que su negocio es divertir a los peones que quieren descansar. Fatima Triques, la esposa, habla con cariño de su trabajo y de las ganas que tiene de ayudar a los peones. Dice que le gusta volver a su pueblo sureño de Santa Catarina para invitar a otras mujeres a trabajar. «No todo el mundo viene aquí en busca de mujeres —me advierte Adão Rodrigues en medio de un calor de casi cuarenta grados centígrados—. Algunos sólo vienen a disfrutar una cervecita y escuchar música en un ambiente amigable». Cuando le pregunto qué pasará con sus clientes de Copa Sucia ahora que se marcha, me dice que van a sentirse abandonados.

Publicado en la Revista Etiqueta Negra http://etiquetanegra.com.pe

Joel Williams – du sang dans les plumes

«Je m’appelle Joel Williams. J’ai 46 ans, je suis un Amérindien de la tribu shoshone-païute. Je suis incarcéré depuis vingt-cinq ans, suite à une condamnation à perpétuité assortie d’une peine plancher de vingt-sept ans. Je suis également écrivain. Voici comment tout a commencé…»

Né d’une mère indienne de la tribu shoshone-païute et d’un père blanc, il est élevé par ce dernier, un type violent et alcoolique qui le terrorise et qu’il finit par tuer à l’âge de vingt-et-un ans. Depuis, il est en prison ; il a quarante-six ans. Né sous les stigmates enracinés du désespoir indien et de la violence alcoolique, Joel Williams a tâté de tout pour échapper et s‘échapper, jusqu’à croire que le meurtre pourrait régler ses problèmes. En prison aussi il cherche à fuir la promiscuité, la violence, la bassesse. En lisant d’abord, puis en écrivant, à force de rigueur et de persévérance, d’exigence aussi.

http://www.joelwilliams-hard-boiled-fiction.com/official-website/

The official website of incarcerated fiction writer, Joel Williams.

Incarcerated fiction writer, Joel Williams is a 47 year old Shoshone-Paiute American Indian from Los Angeles. He is a shit grenade with a typewriter, and for the past twenty-six years has been something stuck to the bottom of the shoe of the State of California. He used to be a different sort of man, a broken man. Now he writes, calling down the muse.

His credits include:

> short story, “Tyrannosaurus Sex,” in Front & Centre, issue # 22, 2009.

> short story, “Raggedy Dan & Sandy,” in Loose Canon #2, 2010.

> short story, “Huero & Mike.” in Thinking Outside the Cell anthology, Resilience Multimedia, 2010.

> chapbook, “All Man, Yessiree,” by Black Bile Press, 2010.

> book of short stories, “Du Sang Dans Les Plumes,” in French translation by 13E Note Editions, Paris, France,  May 2012.

> chapbook, “Shitting on Roses,” by Black Bile Press, 2012.

> chapbook, “Three Stories,”  by the U.K.’s Tangerine Press imprint, Sick Fly.

> “Feuilleton,”  A French magazine of literature and journalism, published an excellent review of “Du Sang Dans Les Plumes,” with illustrations by Amelie Fontaine, and article by Eric Vieljeux, publisher, 13E Note Editions.  In their Number 3, 2012 Issue.

Soon to be published work:

> short stories by the U.K.’s Murder Slim Press/ Savage Kick.

In 2011, Joel completed a 50,000 word hard-boiled literary fiction manuscript entitled, ‘Til The Wheels Fall Off, about an American Indian parolee, Milo Fanning, who arrives back on the Hupa Indian Reservation after having served a 20-year stretch. Initially vowing to walk the straight and narrow to make it in the free world, his plans go out the window when he hooks up with Lorna, a similarly bruised and morally challenged Indian woman. Together they tragicomically experience one setback after another as their relationship and plans for quick money circles the drain.

‘Til the Wheels Fall Off is for any reader who enjoys fast plots with characters who tread the no-man’s land of desperation-driven choices, for readers who enjoy their stories with plenty of salt.

Joel is currently seeking a publisher for it.

For the year 2012, Joel has gone back to crafting his unique short stories, because as he says, “It is the only way I can be a man in this world, the only way I can shout, curse, cry and moan. I’ve tried all the other ways–the booze, drugs, and fighting–but after a lifetime of trial and lots of error, and too much pain and loneliness, I’ve found that what works best for me is the typewriter and the story form.”

Stephen Cooper, professor of English at Cal. State University, Long Beach, comments on Joel’s writing: “…the writings of Joel Williams share with…classic iterations of Indian despair and longing a raw, even rasp-like aesthetic, a willfully crude yet poetic expressiveness that reveals the beauty hidden under strata of ugliness, pain and abandonment.”

Matthew Firth, editor of publisher of literary magazine Front & Centre, comments “Joel writes with a powerful grasp of humanity and with courage and conviction in that his fiction plows through the piles of slushy, shitty fiction that has no heart. Joel’s fiction has heart–it has balls.”

Publishers or others interested in Joel’s Novel or Short stories may contact him at the addresses below:

Joel Williams D-59854

Mule Creek State Prison A1-141

P.O. Box 409020

Ione, CA 95640

and/or:

joelwilliams888@yahoo.com

support@joelwilliams-hard-boiled-fiction.com

Joel Williams est né à Phoenix (Arizona) le 23 septembre 1964. Depuis plus d’un quart de siècle, il croupit dans des geôles californiennes pour avoir tué à 21 ans son père, un Blanc alcoolique qui le battait depuis son enfance. Passé par l’épreuve de l’alcool, des drogues, de la castagne, du désespoir, Joel s’est reconstruit une identité en prison : Indien Shoshone- Paiute par sa mère, guitariste de jazz, entraîneur de boxe, père d’une petite fille (ayant remis à une visiteuse, au parloir, sa semence recueillie dans une capote)… et, bien entendu, écrivain. Autodidacte, Joel balance ses mots telles des grenades contre les murs de sa cellule. Perversité du Système : pour la troisième fois, la mise en liberté conditionnelle lui a été refusée en 2011 par les autorités pénitentiaires, au motif qu’il ferait mieux de « travailler sur lui-même plutôt que perdre son temps à écrire »… Devant la Bêtise à l’état chimique pur, on a le choix entre rire et mourir. Le premier livre de Joel Williams est un cri de douleur qui culmine en éclat de rire salvateur.

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Le livre est composé d’une série de récits situés en Californie à la fin du XXe siècle et au début du suivant, ayant le même héros et narrateur, Jake Wallace (mêmes initiales que l’auteur), un Amérindien Shoshone-Paiute teigneux, tendre et drôle. Les premiers textes évoquent la jeunesse tourmentée de l’auteur à L.A., les nuits d’alcool et d’amour, la vie dans les bas-fonds. Bien que la plupart de ces histoires ressortissent à la veine confessional, certaines, plus « objectivées », démontrent la capacité de l’auteur à prendre ses distances par rapport à son parcours personnel pour rendre compte de l’expérience humaine. Par ailleurs, le réalisme est veiné d’un surréalisme qui fait de ces récits plus que de simples chroniques. Les textes suivants, les plus nombreux, appartiennent à un autre genre, la prison literature, qui a ses lettres de noblesse aux États-Unis, et dans lequel excellent trois autres au- teurs publiés par 13e Note (Tommy Trantino, – Lock the Lock –, Frederic Berthoff et J. C. Amberchele – Le Livre des fêlures). Au carrefour de la tradition amérindienne et de la littérature de prison, Joel Williams nous fait vivre les angoisses et partager les hantises et espoirs qui rythment ses journées : la tentation de la folie et de l’autodestruction, l’obsession sexuelle, l’image de la Femme tentatrice, la crainte de l’homosexualité, la prise de conscience progressive d’une fraternité avec les skins (les au- tres Amérindiens)… Bagarres, menaces, rivalités, haines et humiliations au quotidien. Et, derrière tout cela, la découverte de sa capacité non seulement de survie, mais d’une vie digne de ce nom, complexe et intense. Un livre beaucoup plus subtil et dérangeant qu’un simple témoignage, beaucoup plus ambivalent qu’un simple réquisitoire – beaucoup plus littéraire qu’une simple confession.
Edition enrichie d’une préface de Stephen Cooper, auteur de Plein de vie : une biographie de John Fante.

13e Note éditions, Dan Fante, Willy Vlautin, mauvais genres en public depuis le festival du “Quai du polar” de Lyon

http://www.franceculture.fr/emission-mauvais-genres-13e-note-editions-dan-fante-willy-vlautin-mauvais-genres-en-public-depuis-le

EL LIBRO DE LA ALMOHADA – SEI SHONAGON

El libro de la almohada

La civilización japonesa de la que nos alejan tantas cosas, está llena de hechos asombrosos .Por ejemplo, algunos de los textos literarios relevantes que componen su patrimonio clásico, están escritos por mujeres. Una de ellas es la Dama Murasaki, autora de la novela La vida de Genji, que Borges comparó por importancia con el mismísimo Quijote; otra es Sei Shônagon coetánea, aunque algo mayor, de la primera. Ambas fueron cortesanas, de distinto nivel, durante la era Heian, en torno al año 1000.

Sei Shônagon escribió El libro de la Almohada, un texto fragmentario compuesto por breves reflexiones sobre aspectos de su vida, a veces puros aforismos, que la autora redactaba en pocas líneas cada día, al final de la jornada, justo antes de dormir. Este tipo de diarios, se guardaban en los cajones que tenían las almohadas de la época, hechas de madera. Los apuntes del Libro de la Almohada están escritos con una grafía que utilizaban solo las mujeres para describir lo común y cotidiano, y que acabó conociéndose como onna, que quiere decir mano femenina.

Sei Shônagon tenía una enorme sensibilidad descriptiva y una fina inteligencia;  sus pensamientos, aparentemente sueltos y deshilvanados, componen un cuadro preciso y coherente que refleja los infinitos matices de una época y de un mundo que, en su libro, parece protegido por el equilibrio de un ritmo sereno, cotidiano y a la vez inmutable y por eso, en cierto modo, aún cercano.
Su mirada, atenta y observadora, se fija en detalles marginales, insignificantes y los usa para revelar con sutileza otra realidad oculta tras la de la apariencia. Son esos detalles tan agudos y sutiles los que dan el tono sereno a su prosa y a su mundo, incluso cuando expresan sentimientos de incomprensión o rechazo.

En su diario es también muy poderosa la presencia de la naturaleza, con la que la autora mantiene una relación de atenta vigilancia y compenetración, hecho por otra parte consustancial a la religión y cultura a las que pertenece. Su texto está plagado de anotaciones sobre la floración, el tiempo, la belleza o rareza del entorno natural. También sobre las mutaciones inesperadas y repentinas de esa naturaleza que la escritora observa e interioriza, de las que aprende, y que pone en relación con sus estados anímicos y con su propio yo.

Sin duda ha sido intensa y profunda la impresión causada por el reciente terremoto en Japón, y más aún por el posterior tsunami. Y parece difícil interiorizar y dar sentido a la visión de ese mar negro y hostil, denso y lento en las imágenes, penetrando en la tierra como la mano de un ladrón que, sigilosamente, aparece y se retira tras haber agarrado con fuerza su botín.
La milenaria observación de la naturaleza como generadora de conocimiento, y la aceptación de todas sus formas, incluidas las menos delicadas, como parte de un orden que incluye también al yo, es algo de lo que nos habla El libro de la Almohada.

Algunas de sus reflexiones, nos ayudan hoy a entender un poco más la compostura del pueblo japonés frente a su reciente catástrofe, que tanto nos impresiona. No sabemos lo que anotaría Sei Shônagon en su diario para describir la desolación de un paisaje trastocado e irreconocible, como el actual en la región de Tohoku. Sin embargo, podemos suponer que se fijaría en los detalles dejados por la devastación y, seguramente, lograría revelar una realidad oculta, haciendo encajar el horror en el equilibrio cotidiano de su mundo. Como aún hacen hoy sus sucesoras, tan distintas y tan semejantes a ella, tan distintas de nosotras.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2011/04/23/el-libro-de-la-almohada.html

A Arles, sous les pavés antiques, la lune

A Arles, les plus célèbres artistes du moment semblent s’être donné rendez-vous pour faire… des pâtés de sable. Dans les immenses arènes, le monument antique qui est l’attraction de la ville, les touristes japonais ou espagnols venus voir un amphithéâtre romain tombent nez à nez avec une étrange vision. Au centre de l’amphithéâtre romain, un gigantesque tas de sable occupe tout l’espace, sculpté avec application par des gens munis de pelles et de balais. Au fur et à mesure que la journée avance, des dunes apparaissent, voyagent, s’aplatissent. Un paysage lunaire qui n’est jamais le même se construit et se déconstruit sous les yeux des visiteurs hypnotisés.

Ce tas de sable est la partie la plus visible d’un projet intitulé “Vers la lune en passant par la plage”, concocté pendant la semaine professionnelle des Rencontres d’Arles par la Fondation Luma. Une vingtaine d’artistes de pointure internationale ont été invités, et la liste est impressionnante : de Daniel Buren à Fischli & Weiss, de Dominique Gonzalez-Foerster à Pierre Huyghe en passant par Anri Sala et Lawrence Weiner. Pendant quatre jours seulement, ils participent à un projet évolutif et participatif, impalpable et imprévisible, bref difficile à expliquer… et qu’il vaut mieux aller voir sur place.

Le programme des interventions n’est pas distribué, à l’extérieur les affiches sont discrètes, et les touristes sont rarement prévenus que l’art contemporain va leur tomber dessus dans ces ruines romaines. Dans les tribunes, il y a pourtant des indices qui ne trompent pas : de petits drapeaux aux rayures caractéristiques de Daniel Buren, discrètement plantés dans les gradins, évoquent la plage. Mais au cœur du bâtiment, dans les dédales de couloirs et d’escaliers, il faut guetter les bruits qui s’élèvent : voix de visiteurs qui s’amusent, marteaux piqueurs du chantier proche, et soudain, là, des sons chuchotés par des haut-parleurs.

Le mieux est quand même d’aller à l’aventure pour espérer en vivre une. Vendredi matin, dans un renfoncement, l’artiste Pilvi Takala fait le DJ tandis que devant elle une femme nue se fait faire un moulage de jambe. La scène pourrait rappeler les anciens temps des Rencontres photographiques d’Arles, quand on tombait sur une femme nue au détour d’une rue, pour une séance photo en plein air. Une famille belge passe, s’arrête médusée, sort l’appareil photo. L’adolescent n’a pas l’air impressionné. “La nudité ne me dérange pas, mais le bruit oui” dit sa mère Trees Lombaerts.

Pierre Huyghe, "Colony Collapse", 2012, Featuring Marlon Middek & Danny Jöckel.

En bas dans les dunes temporairement applaties, un homme s’avance lentement. Autour de sa tête, un nuage d’abeilles tourbillonne avant de se poser sur son visage, jusqu’à lui faire un casque. Au bout de la piste, l’homme s’agenouille. Les amateurs d’art auront reconnu Colony Collapse, une œuvre de Pierre Huygues, les autres ont juste regardé la scène, un peu effrayés. Puis les dunes recommencent à bouger.

On est bien loin, ici, de Monumenta. Pas d’œuvre monumentale pour rivaliser avec le lieu, pas d’installation spectaculaire. Les actions sont ponctuelles, les œuvres s’élaborent en direct, évoluent et se répètent. Pour l’artiste Philippe Pareno, membre du bureau de la Fondation Luma et initiateur du projet, “Vers la lune” est “le contraire du spectacle. En art, on cherche souvent l’efficacité. Ici on est dans une autre temporalité”. Il voit l’ensemble comme un grand atelier collectif. “Il est rare de voir autant d’artistes ensemble. Les gens assistent au travail de la production de formes.”

La plupart du temps, il ne se passe rien, mais tout le monde reste là, à regarder le ballet de sable sous la chaleur. Il y a maintenant un gros caillou posé dans la dune. Les visiteurs les plus proches peuvent l’entendre carillonner – c’est une œuvre sonore signée Fischli & Weisse. L’artiste Elvire Bonduelle a distribué des ombrelles aux reflets métalliques taillées dans des couvertures de survie. Et ce sont tous les gradins qui miroitent, comme un vaisseau spatial posé sur le sol de la lune.

Le Monde.fr |Claire Guillot (Arles Envoyée spéciale)

http://www.tothemoonviathebeach.com/

http://www.rencontres-arles.com/A11/Home

Boson de Higgs, la vidéo qui explique le mystère de la masse

Higgs a la española :

“Imaginen a George Clooney (la partícula) caminando por la calle con un séquito de periodistas (el campo de Higgs) que le rodean. Un tipo normal en la misma calle (un fotón) no recibe ninguna atención de los paparazzi y sigue con su vida. La partícula de Higgs es el rastro que deja el campo, comparable a una pestaña de uno de los fotógrafos.Esa partícula es teórica, y su existencia fue propuesta en 1964 por seis físicos, entre los que estaba el británico Peter Higgs.”

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La découverte du boson de Higgs provoque de nombreuses questions pour le grand public . Les physiciens eux disent que cette découverte est importante, mais il demeure difficile de l’expliquer clairement.

Voici une vidéo où le physicien Etienne Klein (CEA) propose une explication très simple, enregistrée avant la découverte du boson de Higgs.

Il remonte à l’invention du Modèle Standard, dans les années 1960, échaffaudé pour encadrer par une théorie mathématique les découvertes expérimentales de l’époque.

Elle fonctionnait très bien, mais débouchait sur une énorme contradiction: dans la théorie, les particules ont une masse… nulle ! Pour résoudre cette contradiction trois physiciens, dont Peter Higgs, ont proposé que la masse des particules ne soit pas une propriété intrinsèque mais une propriété partagée et surgissant de l’interaction de ces particules avec le champ de Higgs et le boson du même nom.

Voici une autre “explication”, en BD, réalisée par l’illustratrice Lison Bernet et publiée sur le site web LHC France:

A mi me da que prontito el Boson de Higgs explicará la sexualidad …